La verdad como estrategia (y el 11-M para ejemplificarlo)

Recuerdo una tarde en la que fui a escuchar una conferencia de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, en La Casa Encendida. Ramonet habló de la cobertura informativa de los conflictos bélicos a lo largo del siglo XX, y contó cómo la información sobre la guerra del Vietnam había producido un punto de inflexión en el trato entre los periodistas y el poder. Desde aquella guerra, de la cual muchos generales norteamericanos afirmaron que fue perdida por culpa de los medios de comunicación, el poder intentó controlar y dirigir y vigilar la información emitida y seleccionada acerca de una guerra. Se habló de la guerrra de las Malvinas, por ejemplo; se habló de la guerra de Panamá; se habló, por supuesto, de las dos guerras del Golfo, y en particular de la reciente Guerra de Irak...
Cuando terminó aquella charla, que derivó hacia la inexistencia de las armas de destrucción masiva y las mentiras urdidas por la administración Bush para convencer a la opinión pública de la necesidad urgente de emprender una guerra contra Irak, me marché al metro, y de lejos escuché a una pareja hablando sobre la conferencia.
La chica dijo algo que me pareció terrible y certero. Pese a que se demostró que Bush había mentido acerca de las armas de destrucción masiva, pese a que la opinión pública—o, sobre todo, ciertos sectores mediáticos críticos con Bush—habían afirmado tajantemente que se había incurrido en una ilegalidad, y que se había engañado a la población en las verdaderas intenciones de la guerra, nada grave había ocurrido después. “La verdad no importaba”, dijo la chica. La administración Bush se empeñó en ocultarla, mintiendo acerca de las pruebas contra el gobierno de Irak. Pero cuando estas mentiras se descubren, nada cambia, ningún político es destituido, no existe crisis de gobierno alguna. La verdad, al final, había resultado inefectiva o inoperante o simplemente inútil para cambiar un ápice el poder del gobierno de Bush...
El poder, me atrevo a concluir, se hace aún más fuerte cuando descubre que su legitimación es tal que la verdad no daña su imagen, cuando es capaz de transformar la verdad en un artilugio o una estrategia más, que se puede usar y desmontar para cualquier discurso.
La verdad pierde pie y realidad engullida por un tropel de relatos que se presentan como irrefutables... No sorprende entonces que asistamos atónitos a una lucha de medios por desentrañar algo que unos llaman trama secreta y otros conspiración en torno a los atentados del 11-M: ¿no es la consecuencia de unos medios que manejan y juegan con la verdad como si fuera un guión de serie televisiva?
[Para cualquier comentario, os remito al Foro]
[Para saber más sobre los desvíos y manipulaciones del 11-M, os remito a la página Multitudes online, en el que aparecen varios capítulos del libro 13-M, (coordinador, Víctor Sampedro), donde se analiza el papel que tuvieron los movimientos sociales en el derrotero de los días posteriores al 11-M, fuera de la dirección que intentaron imponer medios y políticos.]
2 Comentarios a "La verdad como estrategia (y el 11-M para ejemplificarlo)"
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Tal vez tendríamos que replantearnos que no tiene sentido criticar a un partido político o a un medio de comunicación sin antes interpretar lo que se deduce de su discurso: y éste hay que buscarlo no sólo en las opiniones explícitas y ordenadas (por ejemplo, un artículo de opinión en un periódico) sino en cualquier declaración, pues todas —hasta el más sencillo enunciado— articulan un discurso narrativo que es interpretado inconscientemente por el expectante receptor: los políticos y los media cuenta historias, y la población tiende a interpretarlas en virtud de un ancestral instinto narrativo (es decir, participa emocionalmente de algo que en el fondo considera ficticio). La guerra de Irak, más que una guerra, es una historia (en el sentido más literario del término) que se nos cuenta (pero deja de ser una historia cuando se sufre: la población irakí, para su desgracia, está instalada en la realidad, no en la ficción). Y es aquí donde quiero llegar: queremos que se nos den a conocer relatos, y que sus contenidos, en los cuales nos implicamos, ocupen nuestro imaginario casi siempre con la secuencia clásica planteamiento—nudo—desenlace, y sus maniqueísmos de buenos y malos. Un secuestro en un colegio ruso (final trágico); primera guerra de Irak (final feliz); el juicio a Michael Jackson (¿final cómico?). Nuestras cabezas están llenas de estos relatos —ya terminados o a la espera de completarse— cuyo soporte por excelencia ha sido hasta ahora la combinación de imagen y sonido de la televisión. Este es el pacto tácito establecido entre el emisor (media, políticos, intelectuales) y el receptor (población). Cuando este pacto se rompe (a la manera en que a veces ocurre en los cuentos de terror: la historia, las palabras, se hacen realidad), cuando el narrador no es capaz de mantener su discurso porque la realidad se impone, entonces el ciudadano se desconcierta, se indigna, se siente burlado, engañado, no perdona ser expulsado del limbo que sólo una sociedad privilegiada y que se considera a sí misma invulnerable se puede permitir.
Esto viene muy al pelo, ¿no te parece?
In the summer of 2002, after I had written an article in Esquire that the White House didn't like about Bush's former communications director, Karen Hughes, I had a meeting with a senior adviser to Bush. He expressed the White House's displeasure, and then he told me something that at the time I didn't fully comprehend -- but which I now believe gets to the very heart of the Bush presidency.
The aide said that guys like me were ''in what we call the reality-based community,'' which he defined as people who ''believe that solutions emerge from your judicious study of discernible reality.'' I nodded and murmured something about enlightenment principles and empiricism. He cut me off. ''That's not the way the world really works anymore,'' he continued. ''We're an empire now, and when we act, we create our own reality. And while you're studying that reality -- judiciously, as you will -- we'll act again, creating other new realities, which you can study too, and that's how things will sort out. We're history's actors . . . and you, all of you, will be left to just study what we do.''
http://www.nytimes.com/2004/10/17/magazine/17BUSH.html?ex=1255665600&en=890a96189e162076&ei=5090