Hay pensadores de ideas y de estructuras, con las que construyen argumentos de hierro. Es el caso de Kant, obsesionado con la filosofía sin fisuras. O de Wittgenstein, diseñador de reglas férreas. O de Adorno. Otros pensadores, sin embargo, comienzan por los efectos de esas ideas, por los discursos y el estilo, que convierten en su materia prima esencial. Y piensan mediante fogonazos, intuiciones y experiencias defendidas con el poder que dan las metáforas aceradas. Pienso en Nietzsche y en sus espolones, que decía Derrida; o el pesimista de ideas y abrasador en sus palabras, Cioran. O en Jean Baudrillard, juguetón, burlesco, pobre en temas y riquísimo en comparaciones y, por encima de todo, un escritor formidable, que, por cierto, falleció ayer, el 6 de marzo de 2007, en París, bajo un chaparrón de llamadas telefónicas y artículos apresurados.
Por eso creo que, si Baudrillard sobrevive en el canon del pensamiento occidental (y resiste a los intentos de olvido, como él mismo pidió hacia la obra de Foucault), será por la rotundidad de su estilo, que no admite a tibios ni a estadistas, más que por sus estudios. Los escritos de Baudrillard, que comenzaron en la rama de la Sociología, pasaron despacio a la sección del ensayo más filosófico y menos necesitado de datos empíricos. Así,fue construyendo durante treinta años una obra muy personal, deudora de los literatos más filosóficos y de los pensadores estilistas, que daba vueltas una y otra vez, mediante un estilo hipnótico, a una obsesión que ya estaba en sus primeros libros: el signo y sus espejos, el signo y su producción imparable en la sociedad de consumo... En La economía política del signo estudiaba con un enfoque materialista la mercantilización del signo; en sus libros posteriores (Las estrategias fatales, El crimen perfecto, América), le dará la vuelta al argumento: de qué forma la mercancía y la sociedad contemporánea están consumida por el signo, por un artefacto que suplanta y devora poco a poco lo real, hasta hacerlo secundario. Lo real existe por voluntad del signo, el referente existe porque hay un signo que lo invoca...

El pensamiento de Baudrillard se dirige así a una descripción enfermiza (y no es accidental el adjetivo) de los los efectos (de las radiaciones) del signo sobre los individuos y sus estructuras... Qué frágiles entonces las estructuras racionales (sociales, políticas o culturales) que dicen asentarse en una realidad tangible. Usando la metáfora del cuento de Borges Del rigor en la ciencia, autor que Baudrillard usaba con profusión para narrar sus intuiciones, los mapas crecieron y borraron, como por arte de magia, el territorio real en el que se asentaban: "el territorio ya no precede al mapa ni lo sobrevive. Desde ahora es el mapa el que precede y engendra al territorio; y si reviviéramos la fábula hoy, serían las tiras de territorio las que lentamente se pudrirían a lo largo del mapa", escribió Baudrillard. Como años después dirá Zizek, somos bienvenidos al desierto de lo real.
A esta intuición, Baudrillard la nombrará de diferentes formas, para llegar al final a la misma conclusión: el simulacro (como en El hombre en el castillo de Philip K. Dick) derrota a lo real, e ingresamos sin darnos cuenta en un estado virtual, hiperreal, seductor, ficcional... Como en el arte, el referente desaparece y el signo se vuelve autónomo, autorreferencial y juguetón. Se resiste a ser apresado. A ser cuantificado. Como en el arte, el signo no es nada sin un receptor que lo construya y lo reciba y le otorgue un sentido... La Historia, tal como la vivimos dentro de ese juego de signos y de discursos, por tanto, no puede ser, no puede dejar de ser más que ficción...
De ahí que las críticas que muchas veces se le han hecho a Baudrillard sobre su nihilismo y su falta de compromiso crítico olviden, sin embargo, un punto esencial de su obra: Baudrillard describe el funcionamiento de esa sociedad del espectáculo, no la justifica ni la alaba, como hacen otros pensadores. Si Guy Debord (con el que coincidió Baudrillard en la época situacionista) examinó el modelo capitalista, intuyendo lo que sería la sociedad de consumo contemporánea, Baudrillard quiso ir más allá, llegar hasta las últimas consecuencias del trabajo de Debord. De esa forma, rastreó, cortó y pegó los fragmentos de esa implosión de lo social, de la que habló tantas veces, para demostrar que los signos y los discursos borraban al sujeto, como había anunciado Foucault...
Por otra parte, sus intuiciones, llevadas hasta el límite, como demostró en La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (la primera guerra televisada en directo, el caos de los discursos y las imágenes para telespectadores protegidos), han aportado ideas que con el tiempo se han demostrado certeras. En el libro Cultura y simulacro (1978), que reúne un puñado de artículos, aparece un texto fundamental, Masa y terrorismo, en el que argumenta que el único enemigo del terrorismo es lo social porque, paradójicamente, lo invoca, es su reverso. Y así, muchos años después, con las palabras de Baudrillard, podemos encontrar una explicación a la omnipresencia del terrorismo y del miedo perpetuo en la sociedad de los simulacros y los discursos que se citan entre sí: en un sistema social que se derrumba, en un modelo económico que no ofrece ya señas de identidad para integrar a millones de trabajadores (excluidos por su falta de alternativas, por su estupor ante el fin de la política), entonces sólo queda el terrorismo para aglutinar lo social, para imponer un miedo atroz al otro, o una sutura violenta y demencial a una sociedad que se sabe perdida... Sin terrorismo, ¿cómo justifica el poder los giros de la nave que avanza?
Escritor de figuras reiteradas, de los símbolos de espejos y de metáforas sobre los circuitos y los virus, resulta llamativo que su muerte haya sido producto de un cáncer, una enfermedad que, mediante la metástasis, se come poco a poco las células sanas hasta provocar la muerte. Igual que en la alegoría de Borges.
4 Comentarios a "Recordar a Baudrillard"
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He leído de manera superficial a Baudrillard y, salvo la brillantez de su estilo, sería un vano acto de presunción que entrara a valorar su obra. Puedo decir que eso se debe a que, al igual que la de Foucault, Derrida o Lacan o Julia Kristeva, no ha despertado mi interés. Mis preferencias van por otro lado y se dispersan en un amplio abanico que incluye a Platón y a Kant, y en el que ocupan lugares destacados Steiner y Berlin, así como los autores que han reflejado el horror absoluto del Holocausto -entre ellos Primo Levi, Viktor Frankl o Imre Kertèsz- y el del Gulag, en el que junto a evidentes similitudes con el anterior, percibo, sin embargo, algunos rasgos que lo hacen, si es en este caso legítima la expresión, más humano. Las memorias de Evguenia Ginzburg, con ser terribles, presentan unos campos en que aún existe un lugar para la ternura. Magadán es un lugar en que la humanidad se degradó hasta la ignominia, pero no encarna, en mi opinión, el mal absoluto, cosa que sí hace Auschwitz. Supongo que me diréis que esto tiene muy poco que ver con Baudrillard. Pienso, sin embargo, que no es posible en la actualidad meditar sobre el ser humano, filosofar, sin volver la vista hacia el Holocausto y el Gulag, que en ellos está patente un fondo de maldad del que no podemos librarnos, que nos acompañará siempre y reaparecerá una y otra vez bajo diferentes formas. La constatación de la existencia del mal conlleva, de manera necesaria, la de la presencia del bien. De no ser así, hace tiempo que hubiéramos desaparecido. La sociedad no está perdida y puede reconstituirse y fortalecerse sobre unos valores morales, de los que el terrorismo constituye la máxima negación. El terrorismo es nihilista por cuanto busca la aniquilación del adversario, porque interpreta toda tentantiva de acuerdo como un síntoma de debilidad y, por tanto, la aprovecha para formular nuevas exigencias, porque aspira al establecimiento de su única verdad, por el procedimiento de condenar a muerte o al silencio a todos los discrepantes. Cuando por presentarse a concejal en la lista de determinado partido uno arriesga su vida o la de sus familiares, sus propiedades, la posibilidad de pasear tranquilamente con sus hijos por el parque, vivimos una situación que recuerda peligrosamente a la descrita por Víctor Klemperer en la Alemania de 1933 y 1934. Téngase en cuenta que no hablo aún del Holocausto, sino del insidioso proceso de exclusión que al cabo de un tiempo lo hizo posible.
Concluiré con el relato de una anécdota personal. Corría el verano de 1975 y algunos presos muy jóvenes hablábamos de lo que ocurriría en España tras la muerte de Franco, que todos suponíamos inminente. Ni que decir tiene que nadie pensaba en que se establecería lo que despectivamente denominábamos una democracia burguesa o formal. Soñábamos un proceso inestable que culminaría con la revolución socialista. En un momento dado, un muchacho, cuya filiación política no revelaré, que hasta entonces había permanecido silencioso nos dijo: "Lo único que cambiará es que entonces os mataremos a vosotros".
Completo mi comentario anterior con una cita del diario de Víctor Klemperer, fechada el día de San Silvestre -31 de diciembre- de 1936:
"La hija de quince años del carpintero comunista Lange volvió del campo de trabajo ganda para el nacionalsocialismo y enajenada de sus padres. La jefa reunió al grupo de niños en el andén y les soltó un conminatorio discurso de despedida: "¡Sois personas autónomas, obrad conforme a lo que os he dicho, no os dejéis inducir a erro por vuestros padres!". Cuando la señora Lange quiso apelar a la conciencia de su hija, recibió esta respuesta: "¡Estás ofendiendo a mi jefa!".
Es el comienzo. Los padres ya no pueden hablar libremente ante sus hijos, las esposas han de callar en presencia de sus maridos; tampoco éstos pueden confiar en ellas. Cada ser humanano se halla de pronto sumido en la más absoluta soledad. Como si hubiera caído en la pesadilla de Hobbes, ve en cada semejante un enemigo, alguien en quien no se puede confiar, sean cuales sean los lazos previos de parentesco o amistad. Sólo al fundirse en la masa vociferante del estadio, al aclamar en la calle a los líderes, al corear consignas, al gritar el odio al enemigo, se encuentra seguro y, como el niño en la cuna, se siente caliente y arropado. Pero, como a su pesar es adulto, sabe en el fondo de su alma que el ancanto es momentáneo, que mañana esos que gritan junto a él pueden señalarle como diferente, y que entonces, condenado al ostracismo, caminará solitario hacia la muerte. Por eso grita y grita y grita y apunta con el dedo a su vecino con la vana esperanza de que sea este el excluido, sin caer en la cuenta de que cuantos menos queden en el grupo más probabilidades tiene de ser él el próximo expulsado.
JEAN BAUDRILLARD en Psikeba
Para recordar a Jean Baudrillard PSIKEBA -Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales- ha dispuesto una sección temática donde revisar Artículos sobre Baudrillard publicados en diversos sitios especializados.
Algunos de los Artículos sugeridos, que bien podrían complenentar la lectura de este Artículo que aquí se publica y comenta, son entre otros:
Artículos relacionados:
* Baudrillard; Narcisismo y régimen de mortandad en el Sistema de los objetos - Dr. Adolfo Vásquez Rocca
* Baudrillard; Alteridad, seducción y simulacro - Adolfo Vásquez Rocca PhD.
Sitios relacionados con Jean Baudrillard:
* Simulacro, Subjetividad y Biopolítica; De Foucault a Baudrillard | en Revista Observaciones Filosoficas
* Simulacro y simulaciones
Un cordial saludo y felicitaciones a Raúl Cazorla y al excelente radiaciones.elvarapalo.com/blog
RosaK
* Baudrillard en la Red (en inglés)
* Reality Of Simulation (en inglés)
BAUDRILLARD, CULTURA Y SIMULACRO
Me sumo a este recuerdo -in memoriam- de Baudrillard.
La lectura del mundo en Baudrillard no parece estar hecha desde fuera sino desde dentro de las cosas, en su forma pre-constitutiva, en su etapa embrionaria, en esto su obra más que un cariz sólo documental, alcanza ribetes proféticos, se trata de la mirada de un testigo privilegiado de su época y de otras por venir.
Esa visión del mundo y su lectura de los acontecimientos en tiempo real es algo que se va a extrañar.
Sorprender las cosas en el umbral, antes que hayan asomado su rostro al sentido, es lo propio de la poesía y la metáfora que se barrunta en una nueva teoría, en el gesto polimorfo que asume el pensamiento cuando esta brutalmente pariendo, cuando se esboza a sí mismo de modo intempestivo y a martillazos, como en aquellas modalidades cercanas al aforismo a la que nos introdujo Nietzsche. Sorprender las cosas antes de que sean convertidas en un excedente de sí mismas, captar una instantánea de ellas en su desnudez, sustraerlas al ropaje del sentido, requiere una forma particular de pensamiento y de lenguaje -finalmente- de lucidez, y una traslucida mirada a la forma como tejido constitutivo de lo real.
La tesis de Baudrillard es que la peor de las alienaciones no es ser despojado por el otro, sino estar despojado del otro; es tener que producir al otro en su ausencia y, por lo tanto, enviarlo a uno mismo. Si en la actualidad estamos condenados a nuestra imagen, no es a causa de la alienación, sino de su fin, es decir, de la virtual desaparición del otro, que es una fatalidad mucho peor.
Adolfo Vásquez Rocca PhD