01 Febrero, 2010 16:36
Réquiem por Salinger

Escribió una novela que algunos tachan de maldita y otros de culto, contagiada del misterio de los clásicos, que se publicó hace cincuenta años y que se sigue leyendo con admiración de adolescente; escribió un puñado de cuentos perfectos, con los que comienza en la literatura norteamericana el minimalismo narrativo, el silencio del narrador y la sutilidad de los gestos, y sin los cuales es difícil imaginar a John Cheever, Raymond Carver o Tobias Wolff; escribió una novelita más (que no he leído o que he olvidado), algún manuscrito apócrifo, que circula por Internet desde hace años, y algunas páginas más. En total, no más de quinientas. Y luego calló. Durante más de cincuenta años. Un narrador dotado, talentoso, lleno de magia, con miles de lectores fanáticos que descubren (consciente o inconscientemente) que la belleza del estilo no tiene por qué estar en el barroquismo verbal, pues puede ser común y cercano, latente en unas frases cazadas al oído o en una respuesta simple, que parece ocultar una verdad terrible. Pese a todo, ese escritor decide dejar de publicar (tal vez de escribir) y así ingresar en el territorio de los barteblys silenciosos, tal como escribió Vila-Matas en uno de sus ensayos literarios más conocidos. Y hace unos días, ese escritor, Salinger, ha muerto. La sociedad del espectáculo quiere chupar de su leyenda, de la que intentó huir durante tanto tiempo, apartado del mundo en un pequeño pueblo, un lugareño celoso hasta el extremo de su intimidad, que ocultó a los periodistas mientras pudo. Un escritor que elige el camino de la discreción: retirarse del mundo y dejar a solas sus páginas, sin recurrir a la figura pública machacona, a la manera de Kavafis, quien esperó hasta su muerte para dejar seleccionados y listos para la publicación un centenar de poemas pulidos, nunca alterados así por su presencia o sus comentarios.
Salinger ha muerto. Imagino que su literatura le sobrevivirá porque habla de la condición humana con palabras transparentes. Pero creo que, sobre todo, el silencio que rodea las pocas páginas que escribió, el mito que cultivó durante su retiro al no patalear en el circo mediático, hacen aún más grandes sus libros. Que hable la literatura y que calle el mortal charlatán.
26 Marzo, 2009 18:16
Crisis y crímenes
Si la realidad fuera un telediario, ésta se escribiría con patrones muy básicos, con trucos propios de un guionista que copia trucos de supuesto éxito, ya saben: mucha violencia y un gusto enfermizo por la alarma social o, lo que es lo mismo, el relato de terror. El título de esta entrada va más allá de la aliteración: la información audiovisual parece haber encontrado su verdadera identidad en esa nueva rutina periodística, la crisis, el miedo al derrumbe del modelo económico vigente, una plantilla periodística exacerbada y omnipresente, con la que cada noticia es revisada y anunciada desde ese enfoque. Al mismo tiempo, los crímenes violentos—violencia de género, la búsqueda del cadáver de Marta del Castillo, la militarización de Ciudad Juárez—ocupan cada vez más espacio televisivo y complementan, de modo más deliberado que accidental, las noticias sobre la crisis económica. No basta con la amenaza y las profecías de catástrofe incubadas en tierras financieras; hacen falta cuentos de bosques impenetrables y hombres malvados, ciudades sin ley y violentos que transitan impunes. Es como si la crisis tuviera que transmutarse en hombre-lobo para que revele toda su carga mítica. Son los relatos de la peste: una simple enfermedad no tiene suficiente fuerza simbólica. Ahora, si los apestados son signo o encarnación del Mal, entonces la peste circula por todas partes, sentimos su presencia, lo contagia todo. La peste adquiere categoría de maldición divina.
Evidentemente, la peste es sólo una metáfora. Pero los efectos que dejan los medios de comunicación en los cuerpos, en los hábitos, en la manera de mirar, no lo son. Teun van Dijk en un libro imprescindible, La noticia como discurso, explica mediante pruebas empíricas, dentro del capítulo dedicado a la comprensión de las noticias, que el recuerdo de la información que leemos o vemos es mínimo a corto plazo, apenas recordamos al día siguiente los titulares y el tema principal. Y sin embargo, la pregunta que van Dijk no formula es quizá la más acuciante: ¿qué efectos producen entonces las noticias a largo plazo en nuestra ideología o en nuestro imaginario de lo real? Un día de stress es soportable; años de stress pueden derivar en patologías en el carácter o en los hábitos. Que confluyan crisis y crímenes en algún telediario es mera coincidencia; que la mirada informativa se detenga a diario y exclusivamente en esos dos patrones, crisis y crímenes, es síntoma de enfermedad neurótica. Asustados de perder audiencias, ansiosos por recuperar la atención de un telespectador distraído, acabaron transmitiéndole a éste sus propios síntomas: ansiedad, neurosis, pánico. Y luego vuelta a empezar: si el miedo funciona, si el miedo atrae público, ¿por qué detenernos?
Esto no es una lectura psicoanalítica de los contenidos favoritos de los telediarios. Tampoco defiendo que haya intenciones perversas detrás de unas noticias que, quieran los periodistas o no, llevan dentro valores morales, como sabe todo aquél que cuente una historia(1), por más que reivindique objetividad o verificación. Sólo digo que si el mensajero sólo quiere hablarme de males y de resignación, de malvados que viven en el bosque, tal vez lo mejor sea mandarle a paseo, quitárnoslo de enmedio y recordarnos que, afortunadamente, la realidad no es un telediario escrito por un guionista sumiso y falto de humor. Que no se nos olvide.
1 Custodians of Conscience. Investigative Journalism and Public Virtue, James S. Ettema and Theodore L. Glasser.
22 Febrero, 2009 21:55
El archivo Snellman
A propósito de la exposición El saqueo del naufragio, sobre obra de Anita Snellman

"Una cosa es analizar pisadas, estrellas, heces (animales o humanas), catarros, córneas, pulsos, campos nevados o ceniza de cigarrillos, y otra diferente analizar la escritura, la pintura o el discurso"—Carlo Ginzburg, “Morelli, Freud y Sherlock Holmes: indicios y método científico”.
Documento 4
A fecha del 14 de febrero de 2006 doy comienzo a este informe.
En la tarde del 13 de febrero del año 2006, sobre las 17:00 horas, recibimos una llamada telefónica en la comisaría. La persona, un varón que no se identifica y que se muestra nervioso durante la conversación, informa al sargento Permano del derrumbe de una de las viviendas situadas en los límites del pueblo, cerca del acantilado de Homar. El informante desconoce si alguien se encontraba en su interior y dice que no se acerca a inspeccionar la casa por temor a lo que pueda encontrar. Después, titubea algo, suena algo parecido a un sollozo y se interrumpe la llamada.
En torno a las 19:00 horas del 13 de febrero de 2004, el sargento Permano y el redactor del informe, partimos al lugar referido en la llamada telefónica.
Tras un pequeño jardín que sirve de porche a la vivienda, se accede al interior, derruido, con el tejado derrumbado sobre lo que debió de ser la pieza central de la casa. Ésta es aún reconocible por su amplio tamaño, de unos treinta metros cuadrados, su forma rectangular, la chimenea al fondo de la pieza y las habitaciones que se abren a los lados. El suelo, de piedra granítica, aparece hundido en algunos de sus puntos, y está sucio, cubierto de diversos utensilios y objetos sin valor, como hojas de cuaderno, esquirlas de platos, cristales rotos, trapos de cocina y unos botes de pintura. Hay restos fecales humanos en algunas partes, lo que indica que uno o varios individuos han pasado por allí. Unas piezas de fruta están en avanzada descomposición en una hornacina.
El sargento y yo decidimos pasar a inspeccionar el resto de estancias, y no encontramos rastro alguno del propietario de la casa. En algunas habitaciones, los muros están caídos y la maleza del jardín se abre paso. Resto de ropa y papeles por el suelo, pero nada de gran valor. Nos parece que la vivienda lleva en ruinas más tiempo del que nos informó la persona del teléfono, pues en algunas zonas donde el suelo presentaba hundimientos, el agua de lluvia se ha estancado, y malas hierbas brotan cerca de los huecos de las ventanas, donde ya no hay cristales ni marco. En una de las habitaciones, tal vez la de mayor tamaño, hay restos esparcidos por el suelo de objetos propios de un pintor, tales como un caballete roto, lienzos arrugados, tres paletas de óleo, y distintos pinceles. En una de las paredes se alinean decenas de lienzos sobre tabla, algunos de los cuales superan los tres metros de anchura. Las lluvias, sin embargo, han hecho grandes estragos, y han diluido algunos cuadros; otros tienen rasgaduras o cortes, como si alguien se hubiera entretenido rasgándolas. La naturaleza se está apoderando del lugar: junto a la maleza y a los pequeños charcos que llenan el suelo, las termitas se comen algunos lienzos, casi con más ahínco que las vigas de madera. Entre algunas cajas y muebles rotos, vemos unos gatos. En cuanto nos acercamos a ellos, huyen a algún hueco impenetrable.
Después de rastrear el jardín y los alrededores de la casa, donde no encontramos nada llamativo o extraordinario, volvemos a la comisaría, en torno a las 21:00, a punto de terminar nuestro turno. Antes, comprobamos los datos de la vivienda. Pertenece a Anita Snellman, de origen finlandés, y nacida, según nuestros archivos, el 4 de septiembre de 1924. La casa aparece a su nombre desde el año 1971. En el archivo no se menciona nada acerca de un posible fallecimiento. Tampoco consta ninguna denuncia de desaparición y carecemos de datos sobre familiares cercanos o allegados a los que preguntarles, por lo que concluimos que debe de haberse marchado de la isla.. Por todo ello, cerramos este informe en la fecha que aparece debajo.
Documento 16
––Cuénteme––dijo.
––Sé poco, la verdad. Sobre cómo vivía y su casa, sé lo mismo que ustedes. Lo que he leído en los periódicos y lo que vi el otro día que me acerqué hasta la casa. No tengo mucha idea de por qué motivo podría haberse marchado así, de esa forma...
––Pero usted la trataba, usted la conocía.
––Sí, sí, coincidíamos en las exposiciones. En las inauguraciones, sobre todo. Ibiza es muy pequeña para el mundo del arte, y no me perdía ni una de las exposiciones de artistas locales. Ella tampoco. Era muy conocida en estos círculos. Yo no llegué a ver ninguno de sus cuadros. Quiero decir, que no vi ninguno hasta que se publicaron en los periódicos... La cosa es que Anita era muy popular como pintora, pero, ya ven, muy pocos la trataban de cerca, y muy pocos habían estado en su casa. Solía venir a las exposiciones en bici... Charlaba con la gente de la exposición, o de Ibiza o del turismo nuevo de la isla, y luego se iba. Nunca le oí decir nada sobre su trabajo. Tampoco decía ni una palabra si se tocaba la política... No tenía ni idea de que fuera tan pobre y que viviera como vivía. No tenía ni luz ni agua corriente en esa casucha, lo he leído...
––Sí, lo sabíamos. A ver, ¿nunca la vio con amigos cercanos?
––Alguna vez la vi en la plaza, tomando algo con gente extranjera. Imagino que eran extranjeros porque eran muy rubios y muy altos. Como ella. Y parecían contentos. A ella siempre la vi muy contenta, muy sonriente.
––¿Tiene idea de alguien que pudiera haber comprado su obra, alguien que la conociera más?
––Tal vez, Valkonen, el de la galería. Él me habló un día de Anita, ahora que lo pienso...
––Cuente––dijo la voz, sonando impaciente.
––Me dijo que en los setenta esto era un nido de hippies, eso ya lo saben, lo sabe todo el mundo, pero que también vinieron artistas, chavales que querían quedarse a vivir aquí, a pintar, a dedicarse al arte y poco más. En aquellos años los extranjeros con poco que tuvieran vivían bien o, al menos, podían estirar el dinero durante meses. Y nadie les preguntaba ni les decía nada, eran bienvenidos. Luego, ya, a finales de los setenta, se fueron yendo los hippies y los artistas, o se convirtieron en otra cosa, no lo sé. Tiene gracia.
––A mí no me lo parece.
––La cosa es que quedaron muy pocos de aquellos hippies artistas de los setenta. Valkonen me dijo que Anita fue una de las pocas que se quedaron. Y siguió viviendo de la pintura exclusivamente. Ahora ya veo cómo se mantenía... Y claro, los amigos, imagino, que seguían viniendo, haciéndole visitas, pero ya de paso, para luego volverse. Ella fue la única que se quedó.
Eso es todo lo que sé, creo. Pregúntenle a Valkonen, seguro que él sabe más. ¿Les sirve de algo lo que les he contado?
––Nunca se sabe. Gracias de todos modos.
Documento 33
[...] Me cuesta acordarme de su voz o de sus palabras. Lo que no olvido, como si la viera ayer mismo, es su pintura. Unos colores fuertes, intensos, que asocio para siempre con los años de Ibiza, con la última infancia y la primera adolescencia. Los amarillos se salían de los girasoles y se comían el entorno de la naturaleza muerta; unos azules oscuros contagiaban las plantas, los rostros o las paredes; y los rojos servían de telón de fondo o de centro para muchos de sus cuadros. Aunque también recuerdo que uno de los cuadros que más me gustaban, Musas (volví a ver hace poco una reproducción en los periódicos), dejaba el color fuera de las figuras principales, y el blanco del lienzo llenaba los esbozos y las siluetas humanas. Recuerdo que le pregunté (una de las pocas veces que conversamos, supongo) que por qué no lo coloreaba. Ella me miró, señaló con el dedo al cuadro y dijo algo acerca del tema que no entendí: o hablaba muy mal español, o yo no comprendí lo que me explicó.
Mi hermana y yo íbamos a casa de la señora Snellman un par de veces por semana para las clases de pintura. No sé cómo se enteró mi madre de que enseñaba a niños, porque nunca me enteré de otros compañeros a los que les diera clase, y nunca la vi por el instituto ni por el pueblo poniendo anuncios. Es cierto que tenía un montón de dibujos de niños, o eso me parecían, así que imaginaba que había otros alumnos, aunque nunca los conocí.
Las clases eran siempre igual. Buscábamos un lugar agradable en la casa, normalmente el jardín o su estudio, donde entraba mucha luz, sacábamos el cuaderno de dibujo y los rotuladores, y copiábamos un objeto o un dibujo que ella nos propusiera. Recuerdo frutas como naranjas y peras. Otro día, uno de sus gatos. Dibujamos piedras, botellas de aceite, aceitunas o leños de madera. Una vez nos propuso dibujar uno de sus enormes cuadros, en el que se veía a un muchacho desnudo tocando una flauta. Ella no corregía los dibujos, pero sí que nos quitaba a veces ciertos rotuladores o nos ponía pruebas: intentad pintar un membrillo como lo mira un gusano desde dentro. Algo muy sencillo, como una hoja, pedía que lo dibujáramos en una hora; el salón entero, en no más de diez minutos. Los dibujos, claro, cambiaban por completo. Un día nos tuvo una hora sentados mirando un álamo blanco que tenía en el jardín. Luego nos pidió que entráramos en la casa y lo dibujáramos.
La recuerdo dibujando, pintando o trabajando en el jardín; siempre estaba regando o plantando nuevas hierbas o cortando maleza. Hablaba poco. Daba las instrucciones de la tarea y nos poníamos a dibujar. De vez en cuando venía y echaba un vistazo: nos cambiaba el dibujo, nos quitaba el cuaderno o nos pedía que nos sentáramos en otro sitio. A veces no decía nada. Se marchaba de la habitación y volvía más tarde. También nos dejaba mirar sus cuadros, algunos de los cuales estaban sobre el caballete durante meses. Otros, enormes, se iban amontonando sobre los muros, hasta prácticamente cubrirlos.
Sinceramente, nunca le tuve un afecto extremo. Ella no se comunicaba mucho, y nosotros desistimos pronto de intentarlo. Pero en mi recuerdo aquellas tardes son plenas, perfectas. Había un silencio absoluto. La señora Snellman no nos dejaba hablar nada, y al cabo de diez minutos de llegar, sólo existía el color y las formas que llenaban el cuaderno y no se oía nada más que el ruido de los rotuladores sobre el papel, el viento ligero, los pasos de la señora Snellman por el pasillo. Años más tarde volví a retomar la pintura, pero esa emoción (que sigue intacta en la memoria) ya no vuelve.
No pudimos despedirnos de ella cuando nos marchamos. Habíamos pasado el verano en Madrid, y antes de volver a Ibiza nos dijeron que volvíamos allí para hacer la mudanza, que nos íbamos a vivir a Valencia. Hacía meses que no veíamos a la señora Snellman. Recuerdo que casi no me acordé de ella hasta poco antes de irnos. Tampoco hice nada por verla ni le dije nada a mi madre. Ella tampoco mencionó nada.
Pasaron muchos años. Recordaba los cuadros, la casa, el olor a pintura y a humedad del estudio. Había olvidado su nombre, su voz, su rostro, casi todas sus frases, hasta que leí sobre ella el otro día en el periódico y supe, como a quien le viene de repente una idea, que a la señora Snellman no la conocía o, mejor dicho, sólo la conocía a través de sus cuadros. Durante aquellas tardes ella sólo quiso ofrecerme el teatro de la pintura.
26 Abril, 2007 16:25
Leo Bassi, un bufón activista. [Versión completa de la entrevista publicada en el nº53 de DIAGONAL]
Entre actuación y actuación de la obra La Revelación, que está de gira por toda España, y recién publicado un libro con el texto completo por la editorial Barataria, Leo Bassi habla a DIAGONAL de sus tensas relaciones con los medios y los políticos, esa extraña pareja indivisible.
[Versión completa de la entrevista publicada en el nº53 de DIAGONAL]
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12 Abril, 2007 02:25
El vídeo y la culpa. Sobre la condena a cuatro paramilitares por la matanza de Srebrenica
La condena, conocida ayer, del Tribunal Serbio de Crímenes de Guerra a cuatro paramilitares serbios por la matanza de varios presos bosnios musulmanes en Trnovo, Srebrenica, no nos debe hacer olvidar la prueba que al final los incriminó: un vídeo que los propios paramilitares grabaron y difundieron entre ciertos círculos, como una forma de orgullo abominable por dejar constancia de sus matanzas. Ese vídeo, que conoció por primera vez la opinión pública en 2005, como prueba de acusación durante el juicio al ex presidente serbio Slodoban Milosevic, ha sido ahora la imagen irrefutable de la culpabilidad de los acusados. Lo triste, lo terrible, lo doloroso quizá sea pensar que sin estas imágenes los culpables hubieran quedado impunes y libres.
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16 Marzo, 2007 01:52
Albert Plá: "Lo divertido es contar el cuento por primera vez"
Dejo la entrevista entera, sin recortes de edición, que hice a Albert Plá para el periódico Diagonal (nº50).

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08 Marzo, 2007 04:34
Recordar a Baudrillard
Hay pensadores de ideas y de estructuras, con las que construyen argumentos de hierro. Es el caso de Kant, obsesionado con la filosofía sin fisuras. O de Wittgenstein, diseñador de reglas férreas. O de Adorno. Otros pensadores, sin embargo, comienzan por los efectos de esas ideas, por los discursos y el estilo, que convierten en su materia prima esencial. Y piensan mediante fogonazos, intuiciones y experiencias defendidas con el poder que dan las metáforas aceradas. Pienso en Nietzsche y en sus espolones, que decía Derrida; o el pesimista de ideas y abrasador en sus palabras, Cioran. O en Jean Baudrillard, juguetón, burlesco, pobre en temas y riquísimo en comparaciones y, por encima de todo, un escritor formidable, que, por cierto, falleció ayer, el 6 de marzo de 2007, en París, bajo un chaparrón de llamadas telefónicas y artículos apresurados.
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03 Febrero, 2007 02:32
Proyecto Noticia Colectiva: realidad social de Usera, Humanes y Fuenlabrada
La mejor forma de rebatir y discutir una noticia es escribir otra con más datos, con más información objetiva y, sobre todo, con un enfoque que dé voz a los ciudadanos y a sus experiencias. La noticia que publica hoy viernes, día 2 de febrero el periódico gratuito 20 minutos en portada, titulada "Fuenlabrada, Humanes y Usera, tres polvorines de bandas latinas" (haz click aquí para consultarla) es, a nuestro juicio, una noticia poco apropiada en este momento (debido a la gravedad de los incidentes en Alcorcón, incrementados en gran parte por el espectáculo mediático) y poco documentada, pues la noticia remite exclusivamente a fuentes policiales, pero no aporta datos objetivos o estadísticos de los actos delictivos de dichas bandas*.
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25 Enero, 2007 03:20
Un periodista del silencio: Ryszard Kapuscinsky


Ayer falleció Ryszard Kapuscinsky (1932-2007), un periodista combativo, inagotable y humilde. Desde aquí nos sumamos a todos los homenajes que se merece, que siempre serán pocos. Que quede su figura como un ejemplo de que, como él decía, los cínicos no sirven para el periodismo y que, pese a las muchas dificultades, se puede seguir escribiendo sobre la resistencia y el dolor de los invisibles, de los que no tienen voz.
Publico un artículo que escribí sobre él hace dos años, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias.
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30 Octubre, 2006 01:55
Los políticos disparan relatos
Hay una escena memorable en la mediocre película Silver City, de John Sayles. La escena comienza con un periodista que pregunta a un candidato politico su opinión acerca de la pena de muerte. El candidato explica su postura y, para que no haya dudas acerca de la firmeza de sus convicciones, intercala un comentario acerca de los años del Far West y comenta: “Entonces no había que pagar impuestos, y los problemas con la justicia se solucionaban rápido. Sólo hacía falta un árbol y una buena soga. Ah, esos sí que fueron buenos años”. De lejos, vemos cómo el asesor del candidato político sonríe al pensar en los votos que habrán ganado con esas palabras ensayadas.
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22 Octubre, 2006 23:47
Ana María Ríos y la figura del culpable por accidente (más un epílogo sobre las fotos de su desnudo en Interviú)
La foto de portada de varios periódicos de este domingo, la primera noticia con la que se abrieron varios informativos televisivos en el mediodía de ayer, el relato personal y dramático que mayor eco ha tenido en los medios en las últimas semanas. El caso de Ana María Ríos, la española detenida en Cancún por supuesto contrabando de explosivos, ha vuelto a dejar boca arriba las cartas con las que se construye la figura del "culpable por accidente".
Ana María Ríos ha encarnado, sin duda, un personaje sacado de una película de Hitchcock que simboliza estupendamente los temores del nuevo ciudadano medio: ser encontrado culpable mediante pruebas y acontecimientos que rozan lo absurdo y lo kafkiano en un territorio que representa la nueva casa del terror de nuestra época, el aeropuerto, ese espacio de tránsito hipermoderno en el que el control de la población parece menos autoritario y menos represivo.
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04 Octubre, 2006 01:06
Levantatezp, que los medios te miran fascinados
Inevitable comentar y añadir el enlace más buscado en la red española en los últimos días, la campaña publicitaria titulada levantatezp, que consiste en un blog que incluye el vídeo-montaje del robo de la silla de Zapatero, enlaces a la campaña internacional contra el hambre convocada por la ONU (y, a la postre, cliente de la agencia de publicidad que ha montado todo este tinglado), y los comentarios que los usuarios van dejando.
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12 Septiembre, 2006 17:47
Una familia norteamericana pasada por agua, por favor. Sobre la película Capturing the Friedmans de Andrew Jarecki
Alguien llama a la puerta. Crees que son tus hijos, que vuelven de la escuela, y abres confiado. Allí delante hay un cartero con un paquete para ti. Lo despides, entras en la habitación, compruebas que el contenido del paquete es lo que habías pedido, y vuelves a tus cosas: tocas el piano, o riegas las plantas, o preparas las clases de informática de mañana. Poco después, suena de nuevo el timbre de la puerta. Abres y te encuentras con un policia, con una sonrisa espléndida y una orden de registro en la mano. Estás confundido y no entiendes muy bien lo que te comenta, soy la misma persona de antes, sólo me he cambiado de ropa, no sabes lo que quieren, pero ellos sí, ellos tienen muy claro a quien acaban de detener. Lo ves en un fogonazo: han seguido la pista de la revista que habías pedido por correo. Es cuestión de horas que encuentren todo el material que guardas en casa, detrás del piano, y que comiencen a interrogarte y a atar cabos. Te preguntan por las clases privadas de informática que das en casa...
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