¿Por qué no debatimos sobre las listas electorales cerradas?

Bajo el ruido y las multitudes en tránsito, late lo indecible, el pacto nunca hecho público, los acuerdos de silencio. Los dos grandes partidos políticos españoles, PP y PSOE, que juegan al bipartidismo y sobre él se refuerzan, dirigen su atención al 27 de mayo, fecha de las próximas elecciones municipales y autonómicas en el Estado español. El juego sucio y las estrategias moralistas siguen prosperando en la arena política nacional, y la fractura partidista quiere fabricar una fractura social. A Mariano Rajoy, líder del PP, le preguntaron en el programa de televisión Tengo una pregunta para usted si su partido estaba favoreciendo la crispación social. Su respuesta fue sorprendente: "Viajo por España y veo que no existe tal crispación social, que la gente es cordial. Creo que es sobre todo una crispación mediática". Vamos a ver: ¿es que los políticos no utilizan las sinergias de ciertos medios para tensar y violentar la lucha política? ¿quieren los políticos, de repente, desentenderse de los efectos de su estrategia, la crispación social, como si no les concerniera? La otra interpretación que puede hacerse de las palabras de Rajoy es aún peor: que son los medios y los sondeos los que deciden, que el poder político va a la zaga de la agenda mediática y sus extremos insospechados, que la crispación mediática es imparable desde el poder político. Si algo falla, los medios guardan un as en la manga, los sondeos y encuestas de opinión, como sucedió con los datos de opinión sobre el caso de De Juana Chaos.
El peligro de la sondeocracia, como hemos dicho en otras ocasiones, no es sólo el riesgo de manipulación informativa; es que la supuesta "opinión pública" sobre un tema se convierta en la coartada perfecta para justificar acciones muy populares, pese a que puedan ser contrarias al Derecho o a la justicia social. Mientras tanto, acciones o proyectos que conoce poco o mal la opinión pública son soterrados, hurtados del debate público o, sencillamente, ignorados. Una sociedad democrática se caracteriza por una transparencia y una vigilancia de sus instituciones por parte de los ciudadanos, que son, al fin y al cabo, quienes las utilizan y les dan sentido. Esconder temas de debate político fundamentales para la opinión pública no es sólo infantilizarla y tomarla en escasa consideración; se propicia, sutilmente, el levantamiento de un muro en torno a ciertos temas políticos. Hace poco Gabriel Tortella escribía sobre el deterioro de las instituciones en un artículo que titulaba ¿Demasiada democracia?. Aunque acertaba en algunos de los males endémicos de las democracias liberales, olvidaba preguntarse si las instituciones vigentes han ofrecido herramientas a la sociedad civil para que la democracia pase de un término connotado a una práctica deliberativa y social. Si hemos quitado a los ciudadanos cualquier espacio, físico y discursivo, para que tomen la palabra y la participación, ¿por qué fingimos sorpresa por la pasividad con que una amplia mayoría de ciudadanos se toman la política institucional? La ínfima tasa del electorado que votó en España en el referéndum de la Constitución Europea no es la excepción, sino la regla: el votante se vuelve pasivo y confuso en sus elecciones, porque el sistema político favorece esa misma pasividad y confusión ideológica.
Es el caso, por ejemplo, de las listas electorales cerradas. Aunque mi conocimiento en sistemas electorales, nacionales o foráneos, es mínimo, creo que sería lógico que el debate sobre la calidad del que existe en España se produjera, y habláramos de otros modelos, como el inglés, que poseen listas electorales abiertas, lo que impulsa que los políticos que se presentan por su distrito expliquen abiertamente qué propuestas y qué políticas quieren impulsar. Las listas electorales abiertas constituyen también un estupendo recurso para politizar (en su sentido etimológico de construcción de la polis) los distritos, para que los candidatos de cada partido luchen por difundir sus ideas, más allá del programa electoral cerrado de cada partido. El anonimato y la seguridad que procura el sistema fuertemente jerarquizado de las listas electorales cerradas provoca disfunciones notables, como que candidatos valiosos estén al final de una lista electoral, y otros, más afines a los líderes, la encabecen. Por otra parte, ¿para qué molestarse en conocer a los candidatos de un partido si yo, como votante, no los puedo elegir? Me vienen dados de antemano, en papel pautado.
Quizá, como decíamos al principio, aquellos temas que no interesan a los dos grandes partidos nacionales no existen, se borran del debate público porque no valen como arma arrojadiza, o porque no son motivo de disputa entre las élites políticas y económicas. Y está claro que el sistema electoral español no parece que vaya a entrar a corto plazo en la esfera pública. Aquí, de nuevo, habría que reivindicar la independencia de los medios y su poder a la hora de alterar la agenda política, como se ha demostrado en tantas ocasiones. Pero, para ello hace falta algo tan básico como que los medios de comunicación españoles sirvan para exigir la transparencia y la regulación a todas las instituciones, incluidos ellos mismos, incluidos los propios medios de comunicación. Y no encontramos pruebas de que suceda, visto, por ejemplo, el perfil de la nueva televisión pública y la rentabilidad económica que se quiere dar a La 2, la última cadena pública de contenidos minoritarios. Creo entender ahora, con pruebas y hechos, por qué Luis Fernández, el nuevo director de RTVE, fue consensuado en el Parlamento...
4 Comentarios a "¿Por qué no debatimos sobre las listas electorales cerradas?"
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Me encanta la dirección que está tomando este blog. El único pero es que me cuesta encontrar espacio para polemizar. En España estamos absolutamente dirigidos por grupos de poder que se componen de empresas, políticos, medios de comunicación, etc. Ellos ponen a los jueces fiscales y todo aquel que pueda controlarles.
Siempre he pensado que un modelo electoral parecido al inglés (con ajustes como el colegio de restos) sería mucho mejor que el nuestro, pero con motivo de las elecciones francesas he pasado a considerar su sistema también superior al que tenemos aquí.
Quizá el auténtico problema radique en la “panda de mangantes” que tenemos por políticos y en el fanatismo de los votantes con el partido elegido. Dejemos la defensa a ultranza de los nuestros para el fútbol.
En mi opinión el sistema electoral español padece un grave problema que no es precisamente el de las listas cerradas. Pensemos por un momento que las listas fueran abiertas y se nos brindara por tanto la posibilidad de tachar en ellas a los candidatos que no nos convencieran. Viajemos unos años atrás, hasta las últimas elecciones autonómicas. No me parece descabellado pensar que un cierto número de personas, imposible desde luego de cuantificar a estas alturas, deseara votar al Partido Socialista, pero no le inspirara la suficiente confianza Rafael Simancas. En un sistema de listas abiertas podría haber tachado su nombre. Sin embargo, por qué razones iba a rechazar a unos tales Tamayo y Sáez a los que seguramente nunca había oído nombrar. Temo que con listas abiertas Tamayo habría tenido más votos que Simancas.
¿Dónde está pues el problema? A mi modo de ver, en el tamaño de la circunscripción electoral. Al coincidir esta con la provincia, en las más pobladas, como es el caso de Madrid, nos encontramos con una enorme lista de candidatos en la que los mejor informados, aquellos que siguen regularmente los medios de comunicación, solo alcanzan a conocer a cuatro o cinco. Sin embargo, deben votar a una enorme cantidad de desconocidos.
El sistema inglés, mencionado por Raúl, no se caracteriza por las listas abiertas, sino por las distritos uninominales. Cada circunscipción electoral elige un solo representante. Esto, sin duda, tiene aspectos positivos: el candidato ha de mantenerse más próximo a los electores, los jefes del partido no pueden relegar por indisciplinado o crítico a alguien que goza de prestigio en su circunscripción, pues este podría presentarse fácilmente como independiente, ya que los gastos de campaña en un distrito pequeño no son muy elevados, tampoco los dirigentes pueden imponer a candidatos ajenos al territorio que pretenden representar. Hay también inconvenientes: una pequeña ventaja en votos puede traducirse en una enorme diferencia en escaños, y es muy difícil que partidos relativamente pequeños, pero representativos de un porcentaje apreciable de la población alcancen representación parlamentaria. Resulta así extremadamente reforzado el bipartidismo.
Puesto a comparar ventajas e inconvenientes, yo personalmente prefiero el sistema inglés, pero se trata de una opción perfectamente discutible y que estoy seguro de que muchos no van a compartir. Quizá la mejor solución fuera un sistema intermedio: proporcional, pero con circunscripciones pequeñas en las que se eligieran cinco o seis representantes. En este caso, sí tendrían sentido las listas abiertas.
Mariano Rajoy, juega a desgranar poco a poco las principales propuestas que incluirá su programa electoral con vistas a la cita de 2008.
Primero anunció una rebaja generalizada de impuestos, recurso no por típico menos efectivo.
Después, la reforma de la Ley Electoral, el instrumento que, según el PP, distorsiona el reparto del poder en las instituciones españolas.
Ayer, Rajoy dio un paso más y perfiló su futuro modelo: ningún partido podrá gobernar si no alcanza al menos el 30 por ciento de los votos en las urnas. El objetivo es evitar la proliferación de macrocoaliciones que desalojen del poder a la formación mayoritaria.
El bipartidismo descarado es el objetivo del presidente del PP, creo que la reciente historia de España nos demuestra que la pluralidad y la posibilidad siempre abierta a coaliciones es enriquecedora de la vida política española.
Claro que con el PP hay pocos partidos políticos con representación que estén dispuestos a coaligarse.
Tal vez debería reflexionar Rajoy sobre este problema.
Carlos Menéndez
http://www.creditomagazine.es
Señores comentarsitas.
Estoy interesado en conocer las consecuencias de la perdida de investidura o de la curul de un parlamentario elegido dentro de una lista cerrada.
El Partido pierde los votos cuando pierde la curul el elegido?.
Si el Partido es el dueño de los votos y uno de sus miembros elegidos , el Partido que presentó lissta cerrada debe perder los votos?
Si hay antecedentes jurisprudenciales o doctrinarios.
Les agradezco responderme a mi correo.
Gracias.
German Viana