La escritura de los mecanógrafos triunfa. Stieg Larsson llega a las estanterías de los supermercados y a los catálogos de tiendas de tecnología; ha conseguido que miles de lectores perezosos lean una trilogía de miles de páginas; se ha convertido en un fenómeno editorial y mediático, y las trifulcas entre los familiares dueños de los derechos de su obra y la novia del autor fallecido son recogidas en los periódicos nacionales. Al tiempo, decenas de escritores y de formadores de opinión (esa profesión difusa) celebran la obra de Larsson y la encumbran: Larsson ha creado la primera obra internacional de la Europa unida, dicen. La academia y la cultura del paperback se dan la mano, nadie se sonroja por leer a este escritor, todo lo contrario: muchos se jactan de formar parte y de disfrutar (por fin) de un signo de la cultura de masas. El lector de Larsson no forra el libro con papel de periódico; lo exhibe como un trofeo o un guiño a toda una legión de seguidores.
Entiendo (o puedo entender) el éxito de la novela de Larsson, pero, ¿de dónde han salido todos estos defensores académicos de la novela? ¿Por qué la literatura más comercial, banal y vacía de estilo necesita apoyo mediático de los culturetas o de los medios que dicen defender la cultura? La basura literaria debe ser llamada por su nombre, basura, y ante ello solo quedan dos opciones: o reconocer que nos gusta (siempre, a menudo, o en contadas ocasiones), igual que es difícil no ser tentado por los productos de la grasa saturada o la cocina espectacular; o dos, esconder nuestra afición, mentir, negar toda relación con la literatura menos literaria, hecha a velocidades de mecanógrafo y, como tal, desprovista de ingenio, imaginación o del más mínimo respeto por la belleza de lo imprevisto.
No sorprende que Larsson triunfe. Basta detenerse en vacíos y en fallos que, ante la percepción de muchos, se vuelven virtudes: una escritura (o una traducción, vaya usted a saber) con escaso vocabulario; diálogos insulsos y, claro, facilones; descripciones repletas de convenciones estilísticas, lentas y repetitivas y machaconas en los detalles o en los hallazgos, para que no se pierda uno en ningún momento. Incluso creo que la caja del texto de la edición española ayuda a su éxito, y puede que no sea un rasgo menor: un cuerpo de fuente generoso, un buen espaciado, márgenes amplios. En fin, literatura para el que no acostumbra a leer, literatura pensada, escrita y vendida para los que no les gusta la literatura, como apuntó certeramente en una ocasión Rafael Reig. Quizá no hay que darle tantas vueltas: Larsson es literatura juvenil (un chaval de 14 años no tendría ninguna dificultad para leerlo) vendida como literatura para adultos, lo que asegura las ventas, pues la mayor parte de lectores no piden ni buscan una literatura distinta a ésta.
Decía que no sorprende que Larsson triunfe. Lo que llama la atención es que esta mala literatura, escritura de mecanógrafos, como decía Capote sobre una novela de Mailer, porque según se lo leía, “se escuchaba el teclear de la máquina de escribir”, quiera ahora convertirse en literatura con distinción, con sello o lazo elegante. Los malos escritores lo siguen siendo aunque las editoriales pierdan el culo por vender bestsellers y unos cuantos medios y trabajadores a sueldo les sigan el juego.
Por cierto: lo intenté. Empecé a leer el primer libro con el fin de utilizarlo como referencia para una tesina en proceso. Tuve que dejarlo, agotado de tantas páginas que no dicen nada salvo el puro discurrir de la información. Es como si el dato o la cantidad de palabras hubiera matado la precisión del estilo. Un producto de una mala sensibilidad informativa, esto es, ruido, saturación, rutina, un telediario que se repite cada media hora.
7 Comentarios a "Un timo llamado Stieg Larsson"
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Leer buena literatura en muchas ocasiones no es un asunto sencillo, exige concentración y disciplina, a las que hay que añadir un buen entrenamiento previo. Larsson no pide nada de ese y permite formar parte de ese grupo del que se escuchan los últimos estertores antes de desaparecer: el de los lectores. Ser un lector aún es prestigioso. Digo "aún" porque los valores se están subvertiendo tanto que dentro de poco tiempo a nadie le importará formar parte de este colectivo. Ese gran observatorio de lo cotidiano, el metro, nos demuestra que en cualquier momento las PSPs desbancarán incluso a esta literatura de fácil lectura y absorción. Las modas son una cosa advenediza y también pasan por la literatura. Nadie dentro de 20 años leerá a Larsson como nadie se pondría hora unos zapatos de los años 80 (a no ser que quiera adscribirse a un nueva moda... y así hasta el infinito).
Cierto.Yo también leo autores de literatura de entretenimiento, y muchas veces lo paso bien, disfruto ese rato. Seguramente, como dices, la lectura exige cierto entrenamiento, y no es fácil ingresar en Cabrera Infante si uno no lleva ya algún marathón a sus espaldas. El problema es que la literatura de bestseller ocupe un espacio excesivo o un lugar de prestigio en la cultura mediática. Lo peor que le podría pasar a esa reducida comunidad de lectores de literatura es meter como un becerro de oro a una vulgar liebre.
Estoy de acuerdo contigo. Alguien se está colando por la puerta de atrás.
Los encargados de publicitar este tipo de libros han cambiado el modo de medir: antes lo hacían en vertical y ahora lo hacen en horizontal. Hace algunos años, una reseña en Babelia suponía una pista que llevaba a alguna perla rara. Sin embargo, resulta interesante cómo los viejo gurús informativos se han convertido en voceros de tendencias estéticas de masas. Ayer mismo, este mismo suplemento le dedicaba un artículo a Larsson. Posiblemente deberíamos hacer una reflexión profunda y replantearnos si seguimos confiando en ellos o brindar en secreto y despedirnos.
Hay un libro de Jorge Reichman que resume esto: “El día que dejé de leer El País.”
También podemos ser más comedidos y simplemente dar unos pasos hacia atrás hasta colocarnos en un lugar donde tengamos perspectiva: mirar con lupa quién aconseja ese libro, quién firma esa crítica de cine, quién nos dice que vayamos a tal concierto, al margen de dónde se publique.
Otra posibilidad sería tener fe en nosotros mismos y confiar en nuestro olfato… pero es tan agradable y reconfortante saber que no se está solo, que alguien ha pensado que ese libro es extraordinario también, que igualmente se ha detenido en ese pasaje… que ese hecho pequeño y epifánico nos lleva a tratar de subirnos en sus hombros por si desde allí arriba se viera aún más lejos.
Me espanta la gente que habla desde la soberbia literaria. Se nos pide que nos sonrojemos cuando leemos a Stieg Larsson, que evitemos los caminos que nos lleven a consumir cultura de masas, como si no la estuviéramos devorando constantemente. Se tilda al lector de esta trilogía poco mas o menos que de discapacitado de la cultura, de insulso, conformista, de personaje que no se cosca ni le interesa lo auténtico, lo que verdaderamente contribuye a hacernos más sensibles, más inteligentes, más elevados. Por dios, no perdamos el tiempo leyendo esta basura, hagámoslo viendo "Resacón en las Vegas", "Superfumaos", "Muchachada Nui" (porque eso no es cultura de masas) y tantas y tantas otras cosas. Me gustaría saber cúantos lectores de la trilogía se ven reflejados en este análisis tan "certero": personas que no valoran ni el ingenio, ni la belleza, ni la imaginación y que sobre todo no les gusta leer. Amén.
A lo mejor no lo dejé lo suficientemente claro: no estoy en contra de la literatura de entretenimiento ni pienso que aquellos que leen Millenium lo hacen porque no disfrutan de la buena literatura. No era mi propósito, y si en algún momento se ha transmitido esa idea, me he equivocado en la redacción del artículo. Disfruto profundamente de muchos productos de la inclasificable "cultura de masas", claro que sí, no soy un elitista ni un soberbio en gustos culturales. Adoro, por ejemplo, las pelis de Pixar, Philip K. Dick, Muchachada Nui o, yo qué sé, la primera hora y media de Avatar.
No hay nada maligno en la cultura de masas. Es más: estoy seguro de que muchas de las obras que pervivirán durante décadas son aquellas que ahora adscribimos dentro de ese espacio.
Lo que quería criticar con el artículo (y no sé si lo habré conseguido) es que a Larsson se lo venda como un buen escritor. Y se podrá disfrutar, leer por las razones que sean o mantenernos atrapados durante semanas. Pero nadie nos dijo que todo lo que entra dentro de la cultura de masas fuera bueno o mereciera la pena dedicarle tantas horas.
Beso,
raúl
El análisis de la forma (si es fácil, compleja, cuidada...) es importante y tiene su interés. Pero creo que cifrar todo el análisis en la cuestión formal es insuficiente.
La forma tiene relación con la amplitud del público a quien va dirigido, por una simple cuestión práctica. Para alcanzar a un publico masivo, hay que adoptar una forma que no requiera gran entrenamiento técnico. Esto es muy claro y sencillo. El autor renuncia a pasar a la historia de la literatura por sus innovaciones formales, pero a cambio se asegura que su obra funcione como acto comunicativo con el publico.
Pero en otro nivel, que no interesa obviar, la obra transmite determinados contenidos al publico que acceda a ella (mayor o menor segun el listón formal que se ponga). Para mí es de esencial importancia saber qué es lo que se transmite y no quedarse detenido solo en las formas literarias.
Ejemplo: en Crepúsculo (vampiros) se observa una forma, tanto literaria como cinematografica, perfectamente adaptada a la mentalidad, gustos y capacidades de la mayoría. No pasa a la historia de la literatura pero es un producto logrado en su genero. Es una artesania sencilla pero bien realizada. Hasta ahí el análisis se queda en el plano formal, y nos limitamos a mirarlo con un poquito de desprecio condescendiente y ya está.
Pero si se ve en detalle el contenido, resulta que lo que esta lanzando es un mensaje ultraconservador, del tipo 'el sexo es malo, virginidad hasta el matrimonio', etc. Esto es lo verdaderamente grave y peligroso y no su simpleza o elaboración formal. Así que de 'entretenimiento', nada...
Cuando nos quedamos en la cosa formal, no nos percatamos de que, si alguien se ha tomado la molestia de fabricar un producto supercuidado con el fin de adaptarse a la mayoria y llegar hasta ellos, será porque tiene mucho interés en pasarle a esa mayoría determinado mensaje, normalmente para difundir una cierta mentalidad. Lo que interesa pues es descifrar el mensaje frecuentemente peligroso que se pasa usando como excipiente esa forma tan fácil y digerible para todos.
"Tantas páginas que no dicen nada salvo el puro discurrir de la información. Es como si el dato o la cantidad de palabras hubiera matado la precisión del estilo. Un producto de una mala sensibilidad informativa, esto es, ruido, saturación, rutina, un telediario que se repite cada media hora".
Exacto. Información, no literatura. Algunos fragmentos del libro de Larsson brillarían si se publicaran en las páginas de un periódico. Por su estilo ágil, incluso por su valentía. Pero hay un inconveniente: que el maniqueo mundo que retrata no existe en la vida real.
Es decir, lo que tiene de bueno desde el punto de vista periodístico no vale porque es ficción; y después carece de todo aquello que da a la ficción categoría de arte: compejidad y estilo.
(te felicito por tu blog)