a la portada de El Varapalo

29 Diciembre, 2009 15:38

 

La escritura de los mecanógrafos triunfa. Stieg Larsson llega a las estanterías de los supermercados y a los catálogos de tiendas de tecnología; ha conseguido que miles de lectores perezosos lean una trilogía de miles de páginas; se ha convertido en un fenómeno editorial y mediático, y las trifulcas entre los familiares dueños de los derechos de su obra y la novia del autor fallecido son recogidas en los periódicos nacionales. Al tiempo, decenas de escritores y de formadores de opinión (esa profesión difusa) celebran la obra de Larsson y la encumbran: Larsson ha creado la primera obra internacional de la Europa unida, dicen. La academia y la cultura del paperback se dan la mano, nadie se sonroja por leer a este escritor, todo lo contrario: muchos se jactan de formar parte y de disfrutar (por fin) de un signo de la cultura de masas. El lector de Larsson no forra el libro con papel de periódico; lo exhibe como un trofeo o un guiño a toda una legión de seguidores.

   

 

Entiendo (o puedo entender) el éxito de la novela de Larsson, pero, ¿de dónde han salido todos estos defensores académicos de la novela? ¿Por qué la literatura más comercial, banal y vacía de estilo necesita apoyo mediático de los culturetas o de los medios que dicen defender la cultura? La basura literaria debe ser llamada por su nombre, basura, y ante ello solo quedan dos opciones: o reconocer que nos gusta (siempre, a menudo, o en contadas ocasiones), igual que es difícil no ser tentado por los productos de la grasa saturada o la cocina espectacular; o dos, esconder nuestra afición, mentir, negar toda relación con la literatura menos literaria, hecha a velocidades de mecanógrafo y, como tal, desprovista de ingenio, imaginación o del más mínimo respeto por la belleza de lo imprevisto.

 

No sorprende que Larsson triunfe. Basta detenerse en vacíos y en fallos que, ante la percepción de muchos, se vuelven virtudes: una escritura (o una traducción, vaya usted a saber) con escaso vocabulario; diálogos insulsos y, claro, facilones; descripciones repletas de convenciones estilísticas, lentas y repetitivas y machaconas en los detalles o en los hallazgos, para que no se pierda uno en ningún momento. Incluso creo que la caja del texto de la edición española ayuda a su éxito, y puede que no sea un rasgo menor: un cuerpo de fuente generoso, un buen espaciado, márgenes amplios. En fin, literatura para el que no acostumbra a leer, literatura pensada, escrita y vendida para los que no les gusta la literatura, como apuntó certeramente en una ocasión Rafael Reig. Quizá no hay que darle tantas vueltas: Larsson es literatura juvenil (un chaval de 14 años no tendría ninguna dificultad para leerlo) vendida como literatura para adultos, lo que asegura las ventas, pues la mayor parte de lectores no piden ni buscan una literatura distinta a ésta.

 

Decía que no sorprende que Larsson triunfe. Lo que llama la atención es que esta mala literatura, escritura de mecanógrafos, como decía Capote sobre una novela de Mailer, porque según se lo leía, “se escuchaba el teclear de la máquina de escribir”, quiera ahora convertirse en literatura con distinción, con sello o lazo elegante. Los malos escritores lo siguen siendo aunque las editoriales pierdan el culo por vender bestsellers y unos cuantos medios y trabajadores a sueldo les sigan el juego.

 

Por cierto: lo intenté. Empecé a leer el primer libro con el fin de utilizarlo como referencia para una tesina en proceso. Tuve que dejarlo, agotado de tantas páginas que no dicen nada salvo el puro discurrir de la información. Es como si el dato o la cantidad de palabras hubiera matado la precisión del estilo. Un producto de una mala sensibilidad informativa, esto es, ruido, saturación, rutina, un telediario que se repite cada media hora.
 

 




16 Julio, 2007 13:28

 

"De la ética depende la credibilidad de un periódico. Y sin la confianza de sus lectores, un periódico no puede existir"--Pepa Roma.

El libro Los elementos del periodismo (Ediciones El País, Madrid, 2003), de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, expone los principios básicos que deben guiar el trabajo del periodismo. Lo que convierte este informe en imprescindible, fruto de tres años de reuniones y encuentros por parte  del CCJ, Commitee of Concerned Journalists (Comité de Periodistas Preocupados), y del Project for Excellence in Journalism (Proyecto para la mejora de la calidad del periodismo), es la rotundidad y la fuerza informativa con la que se desgranan los principios fundamentales del periodismo, confeccionados mediante un riguroso trabajo de documentación y de entrevistas a más de mil doscientos periodistas. A partir de una descripción de los contenidos hegemónicos de los medios de masas, marcados por las pautas del entretenimiento y la diversión (el infotenimiento, dicen), Bill Kovach y Tom Rosenstiel, directores de las organizaciones mencionadas, recogen en Los elementos del periodismo las reglas de trabajo que hicieron del periodismo una de las herramientas fundamentales para la formación de la opinión pública, con el fin, como se reitera en numerosas ocasiones a lo largo del libro, de que la prensa libre e independiente "sirva para que la ciudadadanía sea capaz de gobernarse a sí misma"(p.271). La principal amenaza de ese objetivo, amenaza que lleva actuando desde hace años y por lo que este libro nació como respuesta, es "que la prensa acabe engullida por el mundo del discurso comercial" (p.265), o que el lucro privado de los propietarios de los medios de información devaste por completo "la información de interés público". Bill Kovach y Tom Rosentiel no se han resignado y han lanzado voces de alarma y avisos para navegantes.

Las nueve reglas que deben guiar el periodismo, discutidas y elaboradas a partir de los foros organizados por el CCJ, son las siguientes:

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