
Gomorra es la historia coral de un submundo. La película de Matteo Garrone, basada en el libro de Roberto Saviano, cuenta con mirada deshumanizada el destino de unos personajes perdidos. No han elegido el mal: han crecido tan dentro de él, que lo viven como si fuera una herencia maldita o un lazo familiar del que no se puede escapar. Solo uno de los personajes logra salir intacto, Roberto, el jovencísimo secretario del empresario que se dedica a destruir residuos tóxicos. Roberto, quizá porque no pertenece a ese mundo, es el único que se baja del coche por voluntad propia. Está de nuevo en paro, pero, como él mismo dice, "yo no soy como vosotros".
El escenario principal de la película es un bloque de viviendas, un lugar anónimo y sin identidad, que podría estar en cualquier periferia urbana de una gran ciudad. Es, sin embargo, Gomorra, el mundo con sus propias reglas, con sus vigilantes y oteadores, con muchachos que crecen bajo el peso de la lealtad del clan. Muchos no salen nunca de allí. Es la historia de don Ciro, el pagador de lealtades pasadas o presentes: como un funcionario escrupuloso, retribuye cada semana a aquellos que se mantienen al lado del grupo, cuyos nombres están escritos en una lista. Aquellos que dudan, se apartan o traicionan, son inmediatamente borrados. A veces se ven obligados a marcharse de sus casas; otras, encuentran la muerte. Nada sucede en Gomorra entonces como en el mundo exterior: las reglas son distintas y conviene conocerlas y respetarlas si uno quiere seguir viviendo.
Que nadie busque en esta película una visión complaciente o épica de la mafia; no la encontrará. El ritmo pausado de la película, su tono documentalista y carente de juegos formales, las elipsis abruptas: los rasgos que definen Gomorra subrayan precisamente la distancia frente al espectáculo televisivo, y la mugre que cubre las paredes, pasillos y garajes de muchos escenarios de la película, ensucia, por voluntad estética, la mirada del espectador, demasiado acostumbrado a relatos claros y limpios.
Pero Gomorra no es solo la mafia italiana. Son también los talleres de chinos que trabajan a deshoras y en clandestinidad, los barriles llenos de residuos tóxicos, que bajan de los camiones los inmigrantes ilegales, o las historias sórdidas que rodean el comercio de la droga. El submundo, al final, no está lejos, está en el centro mismo de la máquina productiva. Gomorra no es un relato bíblico, sino presente, que sucede ahora mismo, pues, como dice el empresario a Roberto, "así es Europa, nosotros ayudamos a levantarla". Después lo importante es no hacer demasiadas preguntas.
5 Comentarios a "Gomorra"
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He podido ver hoy en mis feeds que según el Times( http://entertainment.timesonline.co.uk/tol/arts_and_entertainment/film/article5229263.ece ),los críticos del Times, esta película es la 2º mejor de este año. No soy especialmente cinéfilo pero acepto la recomendación del Times, del Times y de ti ;)
Un saludo de Asturias.
Acabo de encontrarme con tu blog mientras buscaba algo sobre periodismo de servicio, y lo cierto es que ha sido todo un descubrimiento!
Se aprende mucho más leyendo entradas como la dedicada al tratamiento del acoso escolar en los medioso con lo referido al asunto del periodismo ciudadano que con los apuntes (soy estudiante de peridodismo).
Enhorabuena por tu trabajo!
Un saludo desde Madrid.
Muchas gracias, Eva. Aquí seguiremos desde este rincón del Varapalo.
No he visto la película: hablo de un aspecto del libro que, por lo que parece, no refleja la película. Hay un personaje, Pasquale, que es, según Saviano, el mejor sastre del mundo. Tiene una empresa pequeña, una sacrificada PYME de las que tanto alaban el gobierno español, o el francés, o el italiano, financiada íntegramente por el dinero del "Sistema", el verdadero nombre, nada eufemístico, que los gángsteres napolitanos dan al conjunto de sus organizaciones. El magro negocio de Pasquale, y los elefantiásicos beneficios que genera para el "Sistema", se fundamenta en una altísima calidad del producto a precios ridículos financiados, a partes iguales, por la liquidez usufructuada a los créditos de los demás negocios ilegales del "Sistema" y a la distribución, a espaldas de cualquier control tributario del Estado (y sin la más mínima contribución a la previsión social de los trabajadores). Pero Pasquale está, parece, sobre todo orgulloso de su pericia fabril, de la "altissima qualità" de la moda italiana, en diseño y en corte, que recorre el mundo. Hasta encontrársela en un vestido de Angelina Jolie en la ceremonia de los Oscar. Pasquale se enfurece: cuando le encargaron el vestido a medida, solo le dijeron que el encargo iría a "América". Pasquale solo quiere que le reconozcan el trabajo bien hecho. Que le reconozcan su dignidad artesana. Es estremecedor seguir leyendo y descubrir que el "taglio", la mezcla del corte de la cocaína que los camorristas prueban en yonquis casi desahuciados, sigue las mismas leyes de la "altissima qualità": si la cocaína está demasiado adulterada, si un consumidor de los barrios de la pequeña o de la alta burguesía de Nápoles, Roma, Milán, París, Londres, Madrid o Berlín, muere a causa de un mal "taglio", eso solo acarrea policías, investigaciones y, llegado el caso, incriminaciones delictivas que conducirían... a la pérdida del negocio. Quizá lo más terrible de lo que cuenta la Gomorra libresca es la ambivalencia moral que resulta de la actividad criminal más despiadada, sustentada por la busca inevitable de la "altissima qualità". Sin esta, no hay negocio. No sé si la película ha podido recoger esta paradoja terrible, lejos de la calidad ínfima de la producción de talleres chinos clandestinos.
Era de esperarse... todo es igual para los hijos bastardos de la generación y, nietos de la llamada generación LSD