Cine
14 Marzo, 2008 20:19
Paisajes transformados, o el individuo al servicio de la máquina-mundo
El Mes del Cine Solidario proyecta el documental Paisajes Transformados (Manufactured Landscapes), de la directora Jennifer Baichwal. Más cuadro que película, más retrato panorámico que naturaleza viva, Paisajes Transformados es una pequeña muestra del trabajo del fotógrafo Edward Burtynsky, dedicado a rastrear los nuevos paisajes que genera el ser humano, a veces a una escala descomunal, como en el plano-secuencia de cuatro minutos con el que comienza la película, durante el cual la cámara se desplaza a lo largo de una factoria ilimitada. China, el país que mejor ejemplifica, según el propio Burtynsky, esa desproporción en la que la fábrica humana ha entrado, se convierte en el centro principal de la película, y la directora Baichwal acompaña a Burtynsky en un viaje de trabajo a este país, no para trazar la crónica vital del artista o de los pormenores del viaje, sino para que tomemos consciencia, mediante el método distante que adopta la película, sin apenas juicios morales, del escenario y de los personajes que luego habitan las fotografías de Burtynsky: innumerables rostros anónimos volcados sobre un trabajo sin fin, un horizonte cuyo sentido no tiene más valor que el de la hora del trabajo o la marca de separación ante el trabajador contiguo, un individuo que deviene masa, hasta desaparecer entre los engranajes de una máquina que ni entiende ni puede controlar. Esa máquina, simplemente, es, existe, y adquiere más realidad que esos desheredados que luchan por encontrar un hueco dentro de ella.

Como en la parte final de la película, que aborda la construcción de la Presa de las Tres Gargantas, (unos 630 kilómetros cuadrados de superficie), queda un hombre que ni siquiera imagina ya el desajuste o la desproporción entre su vida y la obra en la que participa. No puede perder el tiempo; está abocado a encontrar refugio o supervivencia frente a un supuesto progreso que lo devora o lo arranca de su tierra, lo maneja a su antojo y le borra toda huella o vestigio de origen, como ha sucedido con los dos millones de desplazados afectados por la construcción de la presa.
Tal vez el Piglia de El último lector, o el Kafka del cuento De la construcción de la muralla china o el Borges kafkiano de Del rigor en la ciencia nos ayuden a entender el tamaño de un paisaje manufacturado, a escala inhumana, que se impone al individuo: el inventor que inventa una ciudad exacta a la ciudad real, una trama que se superpone a la naturaleza; el fabricante que sueña una fábrica tan ingente que al final ésta termina soñándolo a él. O los personajes del cuento de Kafka: deambulan de un lado a otro de una muralla que no deja de construirse para un fin que desconocen o que, sencillamente, no existe...
De esos temas habla esta película, que ya está condenada a convertirse en un clásico sobre la máquina-mundo, sobre una civilización que podrá reflexionar o plantearse sus pasos, pero que ya está aquí, tiene lugar en el sentido más estricto de la locución verbal, y con una belleza tan estremecedora e inquietante como la que captura el ojo de la fotografía de Burtynsky.
Cine
22 Enero, 2008 22:03
Identidad y fascismo en la película This is England
I
Comienza
This is England, del director Shane Meadows, con imágenes de iconos populares asociados con la cultura inglesa (el punk, las pandillas, los queridos bobbys) que se mezclan con fotogramas hurtados a la Guerra de las Malvinas. La bandera británica ondea entre escenas de horror, soldados mutilados y perdidos: una isla geopolítica y militar, sin valor material alguno, frente a una isla-imperio en plena transformación, una Inglaterra donde Margaret Tatcher gobierna ininterrumpidamente durante la década de los ochenta. Estado y violencia, territorio y sometimiento: la metáfora no puede ser más fácil, pero tampoco más eficaz: no hay Estado que no se mantenga bajo el monopolio legitimado de la violencia, y sus habitantes, sus cachorros, van a aprender rápido de la impunidad y el sinsentido con el que se ejerce el poder.
II
Shaun, un niño que ha perdido a su padre militar en la guerra, marcha a clase. Allí, a la hora del recreo, los chavales se buscan y forman sus grupos. Shaun está solo. Un chaval se mete con él por sus pantalones acampanados, uno de los regalos que le ha dejado su padre. Discuten y se pelean. Al salir del instituto, Shaun se cruza con una pandilla de rapados que están bajo un puente tomando unas cervezas. Uno de ellos le invita a sentarse; otro, en cambio, se mete con él y le pega. Shaun se marcha a casa. Días después, vuelve a coincidir con el grupo de rapados, y se une a ellos. Shaun es aún un mico, no entiende por qué sus nuevos amigos visten como lo hacen, pero sabe una cosa: quiere vestir como ellos. Quiere ser parte del grupo.
III
La personalidad la dictan los otros; mejor dicho, lo Otro. ¿Por qué motivo hemos mitificado y propagado la complaciente imagen del individuo que se forma a sí mismo, madura y toma las decisiones adecuadas? El entorno, el grupo, los compañeros, las experiencias que vivo con ellos, me marcan sin remedio. Claro que podemos cambiar y reaccionar, pero eso no significa que las enseñanzas del grupo no se produzcan, y muchas veces con resultados irreversibles. Hace poco, en un artículo imprescindible titulado
Educar e instruir, Sánchez Ferlosio apuntaba "el carácter gregario de la educación: el grupo es el que educa, a través de la necesidad de
formar parte, que arrastra con fuerza irrestible a la imitación y a la comparación". El grupo es el que educa, y junto con él asumo valores, prácticas, hábitos de acción y de pensamiento. Tics comunes. Por ahí, en parte, nace la identidad.
IV
Un día llega a la pandilla Combo, un tipo mayor que el resto. Acaba de salir de la cárcel. Combo tiene un rostro de dolor y soledad, como el de alguien que ha recibido y ha dado muchos golpes. Combo, a diferencia del resto, tiene muy claras sus inclinaciones políticas. Es un skinhead. Es racista, tiene mucha violencia dentro y un día queda con el grupo para hablarles de la importancia de proteger la nación. De salvarla. El grupo de Shaun se divide: unos cuantos no siguen a Combo y se marchan; otros se quedan, incluido el pequeño Shaun. Éste no lo hace porque cree lo que dice Combo. Seguramente ni lo entiende. Shaun ha visto en él fuerza, lealtad, y sobre todo, un respeto que sus otros amigos no le habían dado. Shaun comienza a idealizar a Combo, que cumple la función de un padre ausente, y sigue sus acciones: amedrantan a los pakistanís del barrio, pintan en las paredes consignas de odio, roban en tiendas de inmigrantes. El pequeño Shaun no sabe ni reflexiona por qué hace las cosas. Las motivaciones que llevan a Combo y a Shaun a actuar son muy distintas: el segundo es todavía un niño, y actúa por gregarismo; Combo dirige su odio contra los otros, en principio inmigrantes, no sólo por racismo y por creencias fascistas; Combo ha cultivado una capacidad de autodestrucción, que al final acabará atrapándolo. El fascismo es tal vez eso: la destrucción del Otro, del distinto, del ajeno al grupo, del que "viene de afuera" porque el yo fascista no lo acepta: es un yo enfermo de pasado (llámase nación, patria o infancia arrasada), que no acepta pautas culturales distintas o ajenas porque las siente como una amenaza o un peligro. La violencia, tan gregaria como instintiva, adquiere su función primordial en el fascismo y se convierte en medio y fin para borrar al Otro. La bandera viene mucho después, cuando necesitamos culpabilizar al
extraño de nuestra situación.
V
El Estado es el padre, el padre es el Estado: una máxima retórica que la película
This is England usa para explicar el origen patológico del fascismo. Combo, como el partido nacionalista en el que milita, culpa al Estado de sus males y de su rabia, la cual, parece, se origina en su propia educación y familia; Shaun comprende que la ausencia de su padre no le justifica para culpar a los otros de su dolor. Combo es un adulto; Shaun es un niño, en plena formación de su personalidad. Su última acción, la que cierra la película, pese a ser "ingenua y obvia" en su mensaje, como ha escrito
Jordi Costa, es esperanzadora y, sobre todo, necesaria para una sociedad enferma de pasado y de frontera.
El pescado crudo de Zodiac
Las críticas, laudatorias en exceso, sobre Zodiac, la última película de David Fincher, olvidaron insistir en que no es un thriller: de los 158 minutos de duración, dos horas largas son escenas de tipos que hablan y discuten, interpretados por unos actores soberbios en una puesta en escena pensada por y para el diálogo. Zodiac gira sin cesar sobre las pruebas y los datos, lo que lastra su ritmo audiovisual, y concluye (de forma coherente con su discurso) sin catarsis posible. Y no le demos más vueltas: la propia matriz narrativa de la película, el flujo ininterrumpido de información entre policias y periodistas, es al mismo tiempo el gran acierto y error, pues termina ahogando la tensión dramática.

Ahora, eso sí, es una estupenda película a partir de la cual reflexionar sobre los puntos de frontera entre el periodismo y la investigación policial, campos que con frecuencia han confluido en el cine de género negro. Y Zodiac quiere ser una revisión (demasiado atenta por no caer en sus mismos clichés) de esa clase de cine.
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Familias sin cine
En la primera escena de The Dream Catcher (Ed Radtke, 1999; aquí traducida como Persiguiendo sueños), un joven, Freddy (Maurice Compte) se marcha de una ciudad, subiéndose a vagones vacíos de trenes de mercancías. No importa la dirección ni el rumbo: sólo la huida. En The Squid and The Whale (Noah Baumbach, 2005; Una historia de Brooklyn según nuestros distribuidores), la separación y la lucha de una familia al borde del divorcio comienza con un partido de tenis que enfrenta a los padres, con una tensión que trasciende las reglas de juego. Dos películas, poco conocidas para el gran público (y difícilmente encontrables en las deuvedetecas modernas), que dialogan sobre la familia, esa institución en crisis permanente, y sobre el principio y el fin de la misma: una toca el miedo a la formación de una familia; la otra, el daño irreparable que causa su disolución en los hijos.

El Freddy de The Dream Catcher, un joven que no llega a la veintena, huye de su ciudad espantado ante la noticia de que su novia acaba de quedarse embarazada; la familia de The Squid and The Whale decide divorciarse casi a los cincuenta, con dos hijos en plena crisis de adolescencia. En la primera, una extraña conjunción entre road movie y bildungsroman, el protagonista, desorientado ante su propia falta de identidad, busca a su propio padre, que lo abandonó cuando era un bebé. The Squid and The Whale es más estática (localizada por completo en torno a Brooklyn), pero no menos intensa: frente a sus padres egocéntricos, los hijos tienen que encontrar, igual que Freddy, su propia identidad y superar las exigencias familiares, veladas y omnipresentes.
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Cine
10 Enero, 2007 00:59
Babel y la incomunicación
Como en una especie de madriguera horadada por túneles y agujeros que se conectan, Babel, la última película de Alejandro Iñárritu, el director de Amores Perros y 21 gramos, pretende igualmente narrar y relacionar diversas tramas que mantienen vínculos entre sí. A veces, soterrados; otras, visibles.
La incomunicación es uno de ellos.
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Cine
16 Diciembre, 2006 08:00
La película Funny Games, gran timo o genialidad arriesgada
Veo por fin Funny Games, de Michael Haneke.
Quería verla desde hace tiempo por opiniones que había escuchado: es una película angustiosa, roza el género de las snuff movies, es una película durísima, no pude soportarla, habla de la banalidad de la imagen de la violencia, no hace concesiones al espectador. Tiene que ser buena, como las otras de Haneke, me dije.
El resultado de lo que vi es desconcertante y sorprendente.
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Reseñas
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, Cine
26 Septiembre, 2006 03:53
El territorio fracturado en la película Código 46
Una historia de amor ambientada en el futuro; un hombre y una mujer separados por leyes que intentan controlar los estragos causados por la experimentación clónica; un relato futurista y también (como casi toda la ciencia-ficción) tremendamente político, pues el territorio—y los mecanismos que se usan para vigilarlo, controlarlo e, incluso, fragmentarlo—es quizá el gran protagonista de la película, lo que nos hace recordar todas esas narraciones futuristas cuyos escenarios principales se caracterizan por espacios fracturados en dos, en una dicotomía irreconciliable entre un adentro y un afuera. Hablamos, sobre todo, de esas ficciones que retratan la separación abismal entre una ciudad cerrada e hipervigilada y el territorio inmenso y caótico que se abre extramuros, fuera de las fronteras militarizadas de la ciudad.
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Reseñas
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12 Septiembre, 2006 18:47
Una familia norteamericana pasada por agua, por favor. Sobre la película Capturing the Friedmans de Andrew Jarecki
Alguien llama a la puerta. Crees que son tus hijos, que vuelven de la escuela, y abres confiado. Allí delante hay un cartero con un paquete para ti. Lo despides, entras en la habitación, compruebas que el contenido del paquete es lo que habías pedido, y vuelves a tus cosas: tocas el piano, o riegas las plantas, o preparas las clases de informática de mañana. Poco después, suena de nuevo el timbre de la puerta. Abres y te encuentras con un policia, con una sonrisa espléndida y una orden de registro en la mano. Estás confundido y no entiendes muy bien lo que te comenta, soy la misma persona de antes, sólo me he cambiado de ropa, no sabes lo que quieren, pero ellos sí, ellos tienen muy claro a quien acaban de detener. Lo ves en un fogonazo: han seguido la pista de la revista que habías pedido por correo. Es cuestión de horas que encuentren todo el material que guardas en casa, detrás del piano, y que comiencen a interrogarte y a atar cabos. Te preguntan por las clases privadas de informática que das en casa...
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