a la portada de El Varapalo

12 Diciembre, 2007 17:35

 

 

La hegemonía se construye a diario, pero no es un bloque cerrado o monolítico, sino una tensión continua, un conflicto entre intereses, una negociación tranquila o violenta según sus distintos contextos y actores.

La pregunta que se hizo Gramsci (¿Cómo se construye la hegemonía de los valores dominantes?) sigue tan vigente como en la fecha de su formulación, allá por la década de los treinta, en unos diarios y cartas que el ensayista italiano escribió desde la cárcel. Y, al mismo tiempo, la pregunta por el andamiaje de los valores dominantes nos conduce, sin remedio, a pensar en sus inestabilidades o en sus grietas inherentes: ¿cómo contrarrestrar esa hegemonía? ¿cómo levantar una contrahegemonía, o una guerrilla de dudas, contra el pensamiento dominante? Gramsci lo vio claro, y parafraseo a un gallego: no hay dominación sin consentimiento, las "clases subordinadas", según el término de Gramsci, participan activamente en los valores dominantes, porque se identifican con éstos, los adoptan como propios, los asumen como naturales y comunes --zapar "el pensamiento del sentido común" exigía Gramsci a sus lectores--. Pero, y seguimos con el principio de la dialéctica, el pensamiento dominante no puede dar un solo paso a menos que tenga un camino ya marcado por el que seguir avanzando (la dominación absoluta aniquila la necesidad de dominación). A riesgo de simplificarlo: no hay dominación sin resistencia, no existe el más mínimo atisbo de autoridad sin voces discordantes, la risa burlona del dominado, la mano que se niega a obedecer, el campo abierto.

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19 Septiembre, 2006 02:24

 

Uno se encuentra todos los días con el terrible drama de cientos, de miles de inmigrantes que intentan alcanzar las costas españolas y/o europeas a costa de poner en peligro sus vidas. Pasados los primeros días en los que periódicos y televisión explotaron dramáticamente estas noticias, ahora descubrimos que la cobertura informativa poco tiene que ver con la asistencia médica que reciben los inmigrantes, o con los dramas humanos, o con, simplemente, la desesperación que lleva a una persona a embarcarse hacia la ilusión o la muerte. Los medios insisten una y otra vez en que asistimos a una “invasión”, una “avalancha”, o una enorme “amenaza al paraíso”. No hace falta más que revisar los titulares de dichas noticias durante los meses de julio, agosto y septiembre, para constatar que los discursos de los políticos de las últimas semanas venían anunciados desde los distintos medios.

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