a la portada de El Varapalo

Cine 14 Marzo, 2008 20:19

 

 

 El Mes del Cine Solidario proyecta el documental Paisajes Transformados (Manufactured Landscapes), de la directora Jennifer Baichwal. Más cuadro que película, más retrato panorámico que naturaleza viva, Paisajes Transformados es una pequeña muestra del trabajo del fotógrafo Edward Burtynsky, dedicado a rastrear los nuevos paisajes que genera el ser humano, a veces a una escala descomunal, como en el plano-secuencia de cuatro minutos con el que comienza la película, durante el cual la cámara se desplaza a lo largo de una factoria ilimitada. China, el país que mejor ejemplifica, según el propio Burtynsky, esa desproporción en la que la fábrica humana ha entrado, se convierte en el centro principal de la película, y la directora Baichwal acompaña a Burtynsky en un viaje de trabajo a este país, no para trazar la crónica vital del artista o de los pormenores del viaje, sino para que tomemos consciencia, mediante el método distante que adopta la película, sin apenas juicios morales, del escenario y de los personajes que luego habitan las fotografías de Burtynsky: innumerables rostros anónimos volcados sobre un trabajo sin fin, un horizonte cuyo sentido no tiene más valor que el de la hora del trabajo o la marca de separación ante el trabajador contiguo, un individuo que deviene masa, hasta desaparecer entre los engranajes de una máquina que ni entiende ni puede controlar. Esa máquina, simplemente, es, existe, y adquiere más realidad que esos desheredados que luchan por encontrar un hueco dentro de ella.



Como en la parte final de la película, que aborda la construcción de la Presa de las Tres Gargantas, (unos 630 kilómetros cuadrados de superficie), queda un hombre que ni siquiera imagina ya el desajuste o la desproporción entre su vida y la obra en la que participa. No puede perder el tiempo; está abocado a encontrar refugio o supervivencia frente a un supuesto progreso que lo devora o lo arranca de su tierra, lo maneja a su antojo y le borra toda huella o vestigio de origen, como ha sucedido con los dos millones de desplazados afectados por la construcción de la presa.

Tal vez el Piglia de El último lector, o el Kafka del cuento De la construcción de la muralla china o el Borges kafkiano de Del rigor en la ciencia nos ayuden a entender el tamaño de un paisaje manufacturado, a escala inhumana, que se impone al individuo: el inventor que inventa una ciudad exacta a la ciudad real, una trama que se superpone a la naturaleza; el fabricante que sueña una fábrica tan ingente que al final ésta termina soñándolo a él. O los personajes del cuento de Kafka: deambulan de un lado a otro de una muralla que no deja de construirse para un fin que desconocen o que, sencillamente, no existe...

De esos temas habla esta película, que ya está condenada a convertirse en un clásico sobre la máquina-mundo, sobre una civilización que podrá reflexionar o plantearse sus pasos, pero que ya está aquí, tiene lugar en el sentido más estricto de la locución verbal, y con una belleza tan estremecedora e inquietante como la que captura el ojo de la fotografía de Burtynsky.

 



Plazas públicas 04 Febrero, 2008 15:56

 

Parafraseando el título de la novela de Rafael Reig, Sangre a borbotones, nos adentramos en un febrero inestable y confuso previo a unas elecciones generales marcadas por las promesas, las frases de ritmo marcial y  la demagogia, cebos cuatrienales de una clase política acostumbrada a tratar a sus ciudadanos como menores de edad. Hace poco escribíamos que la crónica negra y las noticias económicas se comían el mínimo (o nulo) espacio deliberativo de los telediarios; ahora, viendo el rumbo que toman los acontecimientos, se me ocurre que quizá la propaganda de partido único, propia de las dictaduras, define mejor el perfil que adquiere la información televisada. Como casi siempre, se reflexiona mejor sobre lo que no se dice que sobre el ruido, se piensa mejor sobre lo que ha sido marginado o silenciado que sobre los dichosos temas de la agenda política, que poco tienen que ver con los problemas más graves de un sistema social depauperado. Enciendes el "ojo verdoso de la televisión", como escribe Pynchon, y ni una palabra sobre la calidad del trabajo, sobre las políticas sociales que hacen agua, sobre la infraurbanidad y, sobre todo, ni una palabra sobre hábitos, costumbres o vidas que no pasen por el consumo.


Los ciudadanos escuchan y comprueban, decepcionados, impotentes, rabiosos, tristes y dudo que aliviados, que los discursos políticos, que las palabras sobre la transformación social de la polis, han llegado a su fin para dejar paso al pragmatismo* más atroz, a una ola de conformismo y realismo ramplón al que le bastan cambios minúsculos, parches sociales o  nuevas dosis del dogma "Que me quede como estoy". Los políticos lo han entendido así, y por ese camino han comenzado a transitar, con tal arrogancia y desfachatez que parece que nos contentamos con que hagan lo mínimo que se espera de ellos. Creer, por otro lado, que la culpa procede exclusivamente de esta clase política y su coro de fieles, que han reducido la conflictividad social a grado cero, sería simplicar la cuestión. El modo en que la gran mayoría de la ciudadanía ha asumido el pragmatismo dominante (aceptar cambios siempre y cuando me proporcionen un beneficio inmediato) arroja síntomas de una anomia social galopante, de una sociedad que ha perdido mitos y cohesión. Si es cierto que el consumo produce una ética (mejor dicho: una ideología reforzada con justificaciones morales), aquí vemos algunas de las ruinas que deja a su paso:  las cosas se apoderan de las palabras, y nos nos dejan ver más allá  de lo tangible, de los placeres materiales.

Tal vez el signo más evidente de que hemos practicado, ejecutado e interiorizado plenamente el modelo social vigente, hecho de consumo compulsivo y pragmatismo liviano a partes iguales, es la forma en que hemos convertido el salario en el tema más sagrado, casi fundamentalista. Cuánto me pagarán por esta hora, cómo se notará la subida de tipos en mi salario, de qué forma puedo ganar más. Aspirar a un mayor poder adquisitivo o poder de compra, al fin y al cabo, olvidándonos de todo lo que no entra en mi salario y que repercute notablemente en mi calidad de vida. O quizá por pragmatismo volvemos a creer que, después de todo, aquellas cosas a las que no puedo acceder con mi salario también tienen un precio, y si puedo accederé a ellas. Pagando, claro. Quién nos iba a decir que los principales indiferentes ante el desmatelamiento de los servicios públicos y los servicios sociales son los ciudadanos que confían en escapar de éstos gracias a sus salarios. Bienvenidos, en fin, a la tiranía del individuo que se cree autosuficiente.

 

*"Para los pragmatistas la verdad y la bondad deben ser medidas de acuerdo con el éxito que tengan en la práctica. En el pragmatismo no existe el conocer por conocer. Si algo no tiene un fin o uso determinado no hay razón para que tal cosa exista.". De la definición de pragmatismo de la Wikipedia. Para más información y para un estudio filosófico detallado del término, fuera de las connotaciones peyorativas que tiene en el habla, consúltese la entrada del Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

 


 



Reseñas 04 Febrero, 2008 13:41
 
 
Tal vez encontremos en la poética brechtiana las causas que han llevado a Belén Gopegui  a preferir el discurso argumentativo, en detrimento de la narración,  en su última novela, El padre de Blancanieves (Anagrama, 2007, Barcelona), la cual gira sobre uno de los temas principales de su obra: la disciplina económica que se ejerce sobre los cuerpos. “Nosotros trabajamos para que unos pocos se apropien de los beneficios. Pero no se trata de una anomalía sino de las reglas de un juego tan absurdo como dañino”, dice un personaje al referirse al funcionamiento de las empresas privadas. Esta novela polifónica sobre personajes que, por encima de todo, argumentan sus opciones políticas y sus críticas a un sistema desigual, pronto se ve frenada por los propios límites que la autora se ha fijado y, más por torpeza que por compromiso estético, el discurso argumentativo ahoga la narración y los personajes devienen voces políticas y no humanas, meros signos de una postura ideológica. De tanto defender sus opiniones, de sólo escucharles con ese rostro, se acartonan y resultan forzados o a veces, simplemente, tediosos. Da la impresión de que Belén Gopegui no ha querido dejar sueltos y vivos a sus personajes con el pretexto de crear una suerte de género bastardo entre el ensayo, el panfleto y la narración, pero tampoco ha sabido dar un paso sólido hacia la distancia brechtiana, ya aludida, porque precisamente el tono de la novela deteriora el recurso de la polifonía: las voces de los distintos personajes suenan igual, en sus soliloquios de metáforas visuales y en sus ejemplos de problemas concretos, se confunden en un único narrador sólo preocupado por expresar juicios o, peor aún,  que moraliza sin dejar espacio a que el lector lo haga por su cuenta. Del actor sobreactuado, al director teatral que explica al público las claves con las que debe leer la obra.

De ese modo, y rozando la novela de tesis, El padre de Blancanieves presenta los efectos y las causas de varias historias humanas golpeadas por el sistema de mercado, el modelo económico del que, sugiere el libro, somos víctimas y verdugos, engranaje y motor. Es el caso de Manuela, una de las protagonistas del libro, una profesora de instituto que decide cambiar su vida y pasar a un mayor compromiso político tras ser consciente de la responsabilidad ante su vida cerrada de clase media, feliz en su dichosa ceguera. El marido de Manuela, Enrique, decide en cambio defender su burbuja y su aislamiento, como un padre encerrado por voluntad propia en una torre, como el padre de Blancanieves, hasta que llega al conflicto con su familia y, en particular, con su hija, quien acentúa su activismo político. Cruzándose con esta línea narrativa, las acciones del colectivo social en el que milita Susana (en concreto, la narración sobre la construcción de una planta de cultivo de algas para reducir los gases contaminantes de una chimenea y así denunciar la impasibilidad de los poderes políticos), personajes que entran y salen, la historia de amor de Goyo y Eloísa truncada por los miedos, la necesidad de que “preguntemos ahora” a quien no quiere afrontar verdades sobre la desigualdad social, sobre un modo de vida levantado sobre “propietarios que calculan sus beneficios”.  

Sin juzgar el acierto o la fuerza de las opiniones que inundan el libro, muchas de las cuales son contundentes en su precisión, la novela no resuelve bien la plausibilidad con que deberían moverse y actuar los personajes por la ausencia, precisamente, de una mirada que vaya más allá del enjuiciamiento. Además, la estructura del libro necesita una revisión profunda. Valga como ejemplo que la intención de elaborar “informes sobre el mundo”, la idea brechtiana con la que arranca el libro, los informes sobre lo que ocurre en los institutos, en los hospitales, en las empresas, “pero también en las habitaciones”, guía los primeros capítulos y de pronto se pierde hasta brotar, doscientas páginas después, en sólo un par de hojas que resumen algunos casos sobre la tensión desigual entre trabajadores y empresas. Poco más queda de la ambiciosa puesta en escena inicial de la novela; ésta se declara partidaria de elaborar dichos informes, pero finalmente se conforma con mostrarnos (o mejor dicho, explicarnos) sólo uno, el referido a Manuela y Enrique.

Los compromisos materiales que adquirimos y las pérdidas personales que implican:  el tema central de El padre de Blancanieves, ineludible en cualquier sociedad que quiera reflexionar sobre su deriva, no asegura, sin embargo, un tratamiento formal adecuado. Frente al “narrar para comprender” de la novela La conquista del aire, donde Gopegui demostró que sabe narrar con gran habilidad, El padre de Blancanieves postula “el narrar para argumentar”, lo que produce una retahíla de opiniones y argumentos diseminados entre voces, a veces sorprendentes, otras repetitivas, y todo el tiempo políticas, hasta llegar a extremos extenuantes. Acierta Gopegui en señalar un camino imprescindible para devolver a la literatura su función de bisturí del tejido social, pero se olvida o se niega a colocar ese tejido social en unos lugares, en unas habitaciones, en unos espacios que adquieran credibilidad y que no parezcan, vamos, un simple teatrillo para que el moralista se explaye.


Cine 22 Enero, 2008 22:03

 

 

 

I

Comienza This is England, del director Shane Meadows, con imágenes de iconos populares asociados con la cultura inglesa (el punk, las pandillas, los queridos bobbys) que se mezclan con fotogramas hurtados a la Guerra de las Malvinas. La bandera británica ondea entre escenas de horror, soldados mutilados y perdidos: una isla geopolítica y militar, sin valor material alguno, frente a una isla-imperio  en plena transformación, una Inglaterra donde Margaret Tatcher gobierna ininterrumpidamente durante la década de los ochenta. Estado y violencia, territorio y sometimiento: la metáfora no puede ser más fácil, pero tampoco más eficaz: no hay Estado que no se mantenga bajo el monopolio legitimado de la violencia, y sus habitantes, sus cachorros, van a aprender rápido de la impunidad y el sinsentido con el que se ejerce el poder.

II

Shaun, un niño que ha perdido a su padre militar en la guerra, marcha a clase. Allí, a la hora del recreo, los chavales se buscan y  forman  sus grupos. Shaun está solo. Un chaval se mete con él por sus pantalones acampanados, uno de los regalos que le ha dejado su padre. Discuten y se pelean. Al salir del instituto, Shaun se cruza con una pandilla de rapados que están bajo un puente tomando unas cervezas. Uno de ellos le invita a sentarse; otro, en cambio, se mete con él y le pega. Shaun se marcha a casa. Días después, vuelve a coincidir con el grupo de rapados, y se une a ellos. Shaun es aún un mico, no entiende por qué sus nuevos amigos visten como lo hacen, pero sabe una cosa: quiere vestir como ellos. Quiere ser parte del grupo.

III

La personalidad la dictan los otros; mejor dicho, lo Otro. ¿Por qué motivo hemos mitificado y propagado la complaciente imagen del individuo que se forma a sí mismo, madura y toma las decisiones adecuadas? El entorno, el grupo, los compañeros, las experiencias que vivo con ellos, me marcan sin remedio. Claro que podemos cambiar y reaccionar, pero eso no significa que las enseñanzas del grupo no se produzcan, y muchas veces con resultados irreversibles. Hace poco, en un artículo imprescindible titulado Educar e instruir, Sánchez Ferlosio apuntaba "el carácter gregario de la educación: el grupo es el que educa, a través de la necesidad de formar parte, que arrastra con fuerza irrestible a la imitación y a la comparación". El grupo es el que educa, y junto con él asumo valores, prácticas, hábitos de acción y de pensamiento. Tics comunes. Por ahí, en parte, nace la identidad.

IV

Un día llega a la pandilla Combo, un tipo mayor que el resto. Acaba de salir de la cárcel. Combo tiene un rostro de dolor y soledad, como el de alguien que ha recibido y ha dado muchos golpes. Combo, a diferencia del resto, tiene muy claras sus inclinaciones políticas. Es un skinhead. Es racista, tiene mucha violencia dentro y un día queda con el grupo para hablarles de la importancia de proteger la nación. De salvarla. El grupo de Shaun se divide: unos cuantos no siguen a Combo y se marchan; otros se quedan, incluido el pequeño Shaun. Éste no lo hace porque cree lo que dice Combo. Seguramente ni lo entiende. Shaun ha visto en él fuerza, lealtad, y sobre todo, un respeto que sus otros amigos no le habían dado. Shaun comienza a idealizar a Combo, que cumple la función de un padre ausente, y sigue sus acciones: amedrantan a los pakistanís del barrio, pintan en las paredes consignas de odio, roban en tiendas de inmigrantes. El pequeño Shaun no sabe ni reflexiona por qué hace las cosas. Las motivaciones que llevan a Combo y a Shaun a actuar son muy distintas: el segundo es todavía un niño, y actúa por gregarismo; Combo dirige su odio contra los otros, en principio inmigrantes, no sólo por racismo y por creencias fascistas; Combo ha cultivado una capacidad de autodestrucción, que al final acabará atrapándolo. El fascismo es tal vez eso: la destrucción del Otro, del distinto, del ajeno al grupo, del que "viene de afuera" porque el yo fascista no lo acepta: es un yo enfermo de pasado (llámase nación, patria o infancia arrasada), que no acepta pautas culturales distintas o ajenas porque las siente como una amenaza o un peligro. La violencia, tan gregaria como instintiva, adquiere su función primordial en el fascismo y se convierte en medio y fin para borrar al Otro. La bandera viene mucho después, cuando necesitamos culpabilizar al extraño de nuestra situación.

V

El Estado es el padre, el padre es el Estado: una máxima retórica que la película This is England  usa para explicar el origen patológico del fascismo. Combo, como el partido nacionalista en el que milita, culpa al Estado de sus males y de su rabia, la cual, parece, se origina en su propia educación y familia; Shaun comprende que la ausencia de su padre no le justifica para culpar a los otros de su dolor. Combo es un adulto; Shaun es un niño, en plena formación de su personalidad. Su última acción, la que cierra la película, pese a ser "ingenua y obvia" en su mensaje, como ha escrito Jordi Costa, es esperanzadora y, sobre todo, necesaria para una sociedad enferma de pasado y de frontera.
 

 


Reseñas 07 Enero, 2008 20:11

 

*El último premio Pulitzer de narrativa de 2007, La carretera, de Cormac McCarthy,  encaja perfectamente en el género tradicional de novela, y es en gran medida convencional en su trama y en su voz narrativa. Pero que nadie se alarme: no es motivo para desdeñarla o para considerarla una obra menor. Es cierto que McCarthy lleva desde hace años indagando en las convenciones  procedentes de subgéneros como la novela del oeste (Meridiano de sangre) o la novela negra (No es país para viejos) para extraer historias pulidas y personajes extremos, siempre entregados a la épica de la supervivencia o de la huida. En esta ocasión, McCarthy ha depurado al máximo los materiales narrativos, siguiendo la condensación temática y estilística hacia la que camina su obra. De El guardián del vergel, su primera novela, en la que la yuxtaposición de capítulos se hilvana en una lógica morosa y errática, pasando por la inmensa Meridiano de sangre, cuyas voces narrativas juegan con un lirismo descriptivo en  plenitud, y la genial No es país para viejos, donde varias tramas y  narradores se entrecruzan (y su prosa, de frases cortantes, breves, de descripciones austeras, poco o nada tiene ya ver con la de Meridiano de sangre), hemos llegado, en fin, a La carretera, una novela corta, o un relato largo, con un solo narrador y una sola línea narrativa que avanza pausadamente, sin grandes elipsis, y que ordena con claridad su construcción narrativa a partir de escenas y de resúmenes de la peregrinación de  los protagonistas de la novela: un padre y su hijo, que caminan por una carretera interestatal en un país devastado, destruido por una guerra o un holocausto nuclear, hacia un punto impreciso, siempre hacia el sur, con la única obsesión de sobrevivir y encontrar comida y seguir vivos otro día más, mientras evitan los encuentros con otros supervivientes de la guerra. El tono de la novela oscila, como una balada, entre la descripción de los escenarios—hipnótica según se avanza en la lectura: “la negrura era ciega e impenetrable... pecios de edificios esparcidos por el paisaje... La carretera, sembrada de escombros y desperdicios, que tenían que sortear con el carrito”—y los días que viven los personajes sin nombre, “pálidos como fantasmas”. Atrás quedan los experimentos con la estructura y las voces de otras novelas de McCarthy; todas sus dotes como narrador están volcadas ahora en la construcción de los personajes a través de la acción, o lo que es lo mismo, en las resonancias épicas de la historia.

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Futuros mediáticos 19 Diciembre, 2007 17:59

 

Corren malos tiempos para el periodismo reposado. De los tres o cuatro periódicos de difusión nacional que se publican en este país, el género de los reportajes pierde ante las elecciones que toma el márketing, reformas finas y elegantes para conseguir nuevos lectores y abaratar costes. El pasado domingo, por ejemplo, uno podía constatar asustado que los reportajes de signo político o social habían desaparecido del suplemento El País Semanal, y, en su lugar, temas variopintos, secciones de moda, mucha foto y poco texto. Al final resulta que El País no había renovado su formato o su línea editorial; había terminado de adaptarse a los nuevos tiempos, que requieren un periodismo de carga y ataque, un periodismo de tomar bando o de guardar filas. En los asientos, unos periodistas que trabajan a toda pastilla, que redactan notas de prensa como quien lee el teletexto y que, en el mejor de los casos,  hacen dobles páginas o reportajes para los suplementos tras años diligentes de servicio.  Todos ellos, eso sí, muy limpios, impecables en su estilo y factura, no vaya a ser que alguien se sienta ofendido.

Quizá estamos equivocados y siempre fue así: el reportaje es un género minoritario, las secciones de promoción y de réditos políticos o comerciales desde hace mucho que tienen billete preferente para las páginas de los periódicos. Puede ser. Pero una ojeada a números atrasados, a reportajes de hace cinco o seis años atrás nos permite comprobar que los artículos de fondo se apreciaban y se cuidaban (corríjanme si me equivoco, por favor, que la memoria falla). Ahora veo cómo las grandes fotografías, a veces anodinas, sin particularidad alguna, se comen decenas de páginas de los diarios, y otras tantas corresponden a los faldones o las medias páginas de publicidad. Al principio creí que era una decisión de diseño y de prestigio; el poner fotos tan grandes, digo. Ahora creo que ha pesado igual o más el criterio comercial, y el ahorro que supone sustituir páginas escritas por fotografías también cuenta en la balanza de costes y beneficios.

 

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Borradores 12 Diciembre, 2007 18:35

 

 

La hegemonía se construye a diario, pero no es un bloque cerrado o monolítico, sino una tensión continua, un conflicto entre intereses, una negociación tranquila o violenta según sus distintos contextos y actores.

La pregunta que se hizo Gramsci (¿Cómo se construye la hegemonía de los valores dominantes?) sigue tan vigente como en la fecha de su formulación, allá por la década de los treinta, en unos diarios y cartas que el ensayista italiano escribió desde la cárcel. Y, al mismo tiempo, la pregunta por el andamiaje de los valores dominantes nos conduce, sin remedio, a pensar en sus inestabilidades o en sus grietas inherentes: ¿cómo contrarrestrar esa hegemonía? ¿cómo levantar una contrahegemonía, o una guerrilla de dudas, contra el pensamiento dominante? Gramsci lo vio claro, y parafraseo a un gallego: no hay dominación sin consentimiento, las "clases subordinadas", según el término de Gramsci, participan activamente en los valores dominantes, porque se identifican con éstos, los adoptan como propios, los asumen como naturales y comunes --zapar "el pensamiento del sentido común" exigía Gramsci a sus lectores--. Pero, y seguimos con el principio de la dialéctica, el pensamiento dominante no puede dar un solo paso a menos que tenga un camino ya marcado por el que seguir avanzando (la dominación absoluta aniquila la necesidad de dominación). A riesgo de simplificarlo: no hay dominación sin resistencia, no existe el más mínimo atisbo de autoridad sin voces discordantes, la risa burlona del dominado, la mano que se niega a obedecer, el campo abierto.

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Notas 03 Diciembre, 2007 17:13

 

Llevo siguiéndolo desde hace años, desde que descubrí un reportaje suyo en El País dedicado a los asesinos de un niño de tres años.  El reportaje, firmado por un tal Enric González, retrataba a los asesinos (por entonces adolescentes de doce o trece años)  como seres humanos, como chavales que se habían equivocado y que iban a pagar por sus errores toda su vida. No necesitaban ser caracterizados como monstruos, como habían hecho los medios de comunicación ingleses cuando ocurrió el caso, para que uno pudiera comprender la locura y el sinsentido del asesinato de aquel niño.

Enric González es uno de esos pocos periodistas por los que merece la pena seguir creyendo en el género del reportaje, en los matices del buen articulismo e incluso en el estilo personal e inconfundible, aunque parezca imposible, que se esconde detrás de sus noticias. Recuerdo algunos de sus últimos artículos, como el que dedicó a Primo Levi, o el que escribió hace poco sobre Magnum. Las cosas son así: uno lee muy pocas noticias hasta el final; busca las firmas de los periodistas que le merecen respeto y confianza y las sigue con secreta admiración. 

Descubrí también, en un tiempo en el que buscaba referencias de estilo para escribir reportajes y otros textos periodísticos, su magnífico libro Historias de Londres. Comienza con humildad, con una voz narrativa que cuenta en primera persona los avatares de un periodista llamado Enric González. Poco a poco, el libro pasa de ser una crónica íntima a  convertirse en una lectura personal de los espacios míticos y de los personajes insustitubles de Londres, durante  la estancia que vivió allí Enric González como corresponsal. Aún no he leído su libro Historias de Nueva York, pero sé que lo acabaré leyendo. Hay más aprendizaje y contención y lirismo sin trucos baratos ("contra los poetas" que diría el otro) en la prosa de Enric que en la de muchos escritores que se jactan de su etiqueta de autores de ficción. ¿Todavía no se han enterado muchos escritores que la escritura no anida siempre en lo oscuro?

Ahora tiene un espacio dominical en el suplemento DOMINGO de El País, una columna dedicada a temas diversos tomando como pretexto un libro, no necesariamente una novedad. Es de las pocas páginas que merecen una lectura atenta, a veces casi devota, de El País, después de que este periódico se haya convertido en el pilar más fraudulento de la élite cultural y económica de este país ensimismado. Su último artículo, el de este domingo, lleva como título "El festín del icneumónido", y ya se ha convertido (o eso espero, si existe la justicia periodística) en un ejemplo perfecto del articulismo mínimo, una miniatura exacta, una pieza con la que se construyen los patrones y surgen las imitaciones. Sólo Enric González era capaz de construir un texto tan desolado y tan lleno de humor trágico y que el lector apresurado llegara hasta la última línea y pensara: "Umm, esto es más de lo que estoy acostumbrado". Así es Enric González: siempre entrega más de lo que uno está acostumbrado.

 



Anatomías 21 Octubre, 2007 16:01

 

En la novela Cosecha Roja, de Dashiell Hammett, un detective de borroso nombre llega a la ciudad de Personville llamado por su cliente, un director de periódicos enfrascado en investigar la corrupción y los trapos sucios de su ciudad. No le da tiempo ni a conocerlo: lo asesinan la noche en que llega. El detective busca entonces al asesino... En alguno de los periódicos norteamericanos de 1927, fecha en que se publicó Cosecha Roja, algún periodista rastrea las últimas acciones de la mafia y descubre vínculos con cargos políticos... Está naciendo el periodismo de investigación, y los "rastreadores de basura", como los llamaban entonces, encuentran en el ritmo y en las técnicas de la novela negra de folletín, de la pulp fiction, un modelo para tramar reportajes sobre la corrupción política del momento. ¿O fue al revés? ¿Encontró la novela negra las señas de su oficio en la fuerza con la que el periodismo de investigación sacudía América al final de la década de los felices años 20?

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Vigilar la opinión pública 06 Octubre, 2007 11:51

 

         Rompamoselsilencio.net

[Publicamos  el artículo sobre desobediencia civil y movimientos sociales que aparece en el número de octubre de El Viejo Topo]

Durante el último festival Lavapiés de Cine uno de los espacios escogidos para las proyecciones de películas llevaba por nombre El Solar. Y no era más que eso: un hueco libre en los números 48 y 50 de la calle Olivar, un terreno vacío que, mientras espera su futuro urbanístico, ha sido tomado por los vecinos y diversos grupos para realizar actividades, dar charlas o, simplemente, colocar unas sillas para ver películas al aire libre. Ha sido okupado, si prefieren esa palabra, con una finalidad social o pública o vecinal. El Solar, que aparece dentro de la lista de centros sociales autogestionados del proyecto www.okupatutambien.net, se ha convertido en un nuevo espacio social para el barrio. Con una diferencia con respecto a otros espacios públicos que han abierto sus puertas en Lavapiés en los últimos años, como el flamante Teatro Valle-Inclán o la ampliación del Museo Reina Social. El CSOA El Solar ha incurrido en una ilegalidad (la usurpación de una propiedad privada) por una finalidad legítima y defendida desde diversas instituciones: la necesidad de espacios públicos, de espacios de relación que favorezcan a los vecinos, mediante fisuras o grietas dentro de la ciudad.
El caso del CSOA El Solar viene a sumarse a diversos proyectos que están siendo impulsados por los movimientos sociales y que coinciden en la misma herramienta o práctica de transformación social: la desobediencia civil no violenta, la ruptura deliberada de ciertas normas legales con el fin de llamar la atención sobre problemas sociales mayores (que dichas normas legales no permiten denunciar). En la rueda de prensa que dio fin a VI Semana de Lucha Social en Madrid, en la primera semana de julio, que aglutinó a diversos colectivos bajo el nombre de Rompamos el Silencio, la portavoz señaló que “El RES asume como propias las acciones llevadas a cabo durante esta semana como acciones legítimas de desobediencia civil”. El RES, por tanto, no escapó de la responsabilidad de sus acciones.  Todo lo contrario: defendió la  “legítima desobediencia” con el objetivo de que sus acciones se enmarquen dentro de los marcos de la acción social y  las reformas de la polis.

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Anatomías 17 Septiembre, 2007 23:05

 


“[Parafraseando a Max Weber] El Estado es una X (por determinar) que reinvindica con éxito el monopolio del empleo legítimo de la violencia física y simbólica en un territorio determinado y sobre el conjunto de la población correspondiente”—Razones prácticas, Pierre Bourdieu.

 Las últimas turbulencias en el sistema financiero mundial presagian un material inflamable entre las manos de los medios de comunicación de masas. Desde el golpe informativo de primeros de agosto, cuando la importancia de las hipotecas subprime (con intereses muy elevados, que provocaron una elevada morosidad) saltó a la luz, la prensa y la televisión dedican a diario bloques informativos sobre los efectos que, despacio y sin pausa, la inestabilidad financiera puede provocar sobre las economías reales. Paradójicamente, en el proceso de contar y rastrear una crisis hipotecaria anunciada, los medios de comunicación sirven de eco atronador sobre cualquier pequeño desequilibrio económico. Y si la crisis hipotecaria estadounidense se agudiza, como así parece, el hambre de información aumenta, y con él las noticias de signo aún más alarmista, que incrementará otra vez el apetito.

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Libros y comunicación 16 Julio, 2007 14:28

 

"De la ética depende la credibilidad de un periódico. Y sin la confianza de sus lectores, un periódico no puede existir"--Pepa Roma.

El libro Los elementos del periodismo (Ediciones El País, Madrid, 2003), de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, expone los principios básicos que deben guiar el trabajo del periodismo. Lo que convierte este informe en imprescindible, fruto de tres años de reuniones y encuentros por parte  del CCJ, Commitee of Concerned Journalists (Comité de Periodistas Preocupados), y del Project for Excellence in Journalism (Proyecto para la mejora de la calidad del periodismo), es la rotundidad y la fuerza informativa con la que se desgranan los principios fundamentales del periodismo, confeccionados mediante un riguroso trabajo de documentación y de entrevistas a más de mil doscientos periodistas. A partir de una descripción de los contenidos hegemónicos de los medios de masas, marcados por las pautas del entretenimiento y la diversión (el infotenimiento, dicen), Bill Kovach y Tom Rosenstiel, directores de las organizaciones mencionadas, recogen en Los elementos del periodismo las reglas de trabajo que hicieron del periodismo una de las herramientas fundamentales para la formación de la opinión pública, con el fin, como se reitera en numerosas ocasiones a lo largo del libro, de que la prensa libre e independiente "sirva para que la ciudadadanía sea capaz de gobernarse a sí misma"(p.271). La principal amenaza de ese objetivo, amenaza que lleva actuando desde hace años y por lo que este libro nació como respuesta, es "que la prensa acabe engullida por el mundo del discurso comercial" (p.265), o que el lucro privado de los propietarios de los medios de información devaste por completo "la información de interés público". Bill Kovach y Tom Rosentiel no se han resignado y han lanzado voces de alarma y avisos para navegantes.

Las nueve reglas que deben guiar el periodismo, discutidas y elaboradas a partir de los foros organizados por el CCJ, son las siguientes:

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Futuros mediáticos 04 Julio, 2007 20:11

 

Publicamos la entrevista completa, sin cortes de edición, que hicimos a Luis Fernández-Galiano, incluida en el doble número de verano (234-235) de la revista El Viejo Topo. Ésta es la segunda parte de la entrevista: Galiano habla del futuro del comunitarismo social y religioso y, por último, apunta algunas de las previsiones del desarrollo urbano que vivimos y viviremos. [Para leer la primera parte, pincha aquí]

2. Comunidades de interés

R: Hay otra crítica, por parte de algunos sectores de la izquierda sobre Internet, según la cual si dirigimos todo el esfuerzo de lucha ideológica y de resistencia hacia la red, tal vez nos estamos olvidando de la presión colectiva que podemos ejercer en las calles. En la red (de nuevo, Zizek), todos estamos juntos, pero a la vez estamos todos aislados, separados en nuestros espacios privados.
LFG: Sí... Hablas de nuevo de Zizek, cuya filosofía, de raíz lacaniana, ha mostrado simpatía por el rearme ideológico de la derecha religiosa...
R: ¿Simpatía?
LFG: Sí, simpatía desde la óptica ideológica de la izquierda posmarxista. Es como el Papa actual, Benedicto XVI, que reclama una involución moral... contraria a la Ilustración. Afirma que la raíz de nuestros problemas está en Voltaire, no en Marx ni en Lenin. El problema entonces es... el individualismo laico. Que necesitemos estructuras de carácter mágico, que posibilitan ese carácter comunitario que proporciona cohesión a las sociedades, y que otorga disciplina al cuerpo social, es una idea que ha preconizado con gran lucidez Peter Sloterdijk, cuando reclama que hay que volver a domesticar a la especie urbana, que ha pasado de ser una especie con unos códigos morales a ser una especie salvaje... Y estas ideas apuntan al problema del que hablábamos al principio: el individualismo extremo se ha hecho disfuncional para la supervivencia de la colectividad. Y ese retorno del interés en el fenómeno religioso creo que tiene más que ver con la defensa por parte de la religión de unos valores comunitarios, que el individualismo capitalista ha devastado, creando una anomia colectiva y una desesperanza individual, que genera muchas patologías del comportamiento cotidiano. Así que, si no es la religión, al menos otra forma de pensamiento mágico que nos mantenga cohesionados, que discipline al cuerpo social.

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Futuros mediáticos 04 Julio, 2007 20:01

Publicamos la entrevista completa, sin cortes de edición, que hicimos a Luis Fernández-Galiano, incluida en el doble número de verano (234-235) de la revista El Viejo Topo. Ésta es la primera parte de la entrevista, sobre la evolución de los espacios sociales urbanos, y sus conexiones con el desarrollo urbano. [Para leer la segunda parte de la entrevista, pincha aquí]

La arquitectura es, por definición, pública. No puede entenderse sólo en términos formales de cubos o cilindros, texturas, colores. Para mí, entender la arquitectura sin su dimensión política es absurdo”, dice Luis Fernández-Galiano, uno de los críticos e investigadores de arquitectura más lúcidos y prolíficos. Director de la revista Arquitectura Viva desde hace ya veinte años, jurado para incontables premios de arquitectura, ha sido, como él mismo confiesa, más un escritor que un arquitecto, pues ha desarrollado su trabajo entre libros, artículos y publicaciones varias, siempre con un estilo cuidadosamente construido. “Soy un arquitecto sin obra. Mi producción ha girado en torno a los textos”. Ahora, bajo una lluvia torrencial y protectora que invade Madrid, acepta colaborar, mediante una entrevista, para un breve documental sobre la ciudad y sus espacios de relación.

 

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